viernes, 28 de marzo de 2014

Revueltas de plástico: cambios y permanencias en las revueltas urbanas del siglo XXI

Sería preciso realizar un estudio profundo sobre las revueltas urbanas en el siglo XXI (desde su vertiente histórica, geográfica y sociológica) para llegar a la conclusión de que aquéllas, de las que tiempo atrás se desprendía un olor a sangre y pólvora, tiene hoy su equivalente olorífico en el plástico quemado. Yo no voy a seguir esos pasos, aunque no por ello evitaré partir de dicho prejuicio. Mi conclusión es mi hipótesis.

Las revueltas urbanas que se suceden actualmente en Madrid (o que tienen como destino la capital de España) hacen que lea este proceso a través de una lente que separa tradición y novedad, sin percatarme de que, en realidad, los tercetos de la poesía revolucionaria actual riman con los cuartetos anteriores. El hecho de que individuos organizados planteen obstruir vías de comunicación, asaltar edificios o defender sus posiciones contra las fuerzas del orden buscando desestabilizar o derrocar el poder establecido no es nada nuevo. 

Veamos que hay de novedoso en esa tradición de revueltas urbanas que perdura desde que existen gobernantes y gobernados.

Los cambios dentro de las permanencias

El espacio y la habitabilidad

Las revueltas urbanas actuales (al menos las que se localizan en las grandes capitales) se producen a campo abierto, sobre amplias avenidas o bulevares, a razón de la expansión de las zonas metropolitanas; de la modificación de la estructura urbana, por ende. Las viejas áreas residenciales, localizadas en los modernos centros de negocios, se fueron trasladando a las afueras hasta constituir un elemento ya conocido del paisaje urbano: los barrios marginales poblados de familias obreras. De esta manera, el corazón de las ciudades quedó desierto de los despojos del pasado. Véase sino el ejemplo parisino durante el II Imperio, cuando en busca de la liquidación de las revueltas localizadas en los barrios populares se abrieron grandes vías que acabaron con la antigua faz medieval de la ciudad.

Y del mismo modo que las revueltas ya no se producen en pasajes angostos, los insurrectos del presente lo tienen aún más difícil a la hora de buscar objetivos vulnerables. En las ciudades de la Edad Media, las revueltas populares se producían por lo general allí donde transcurría la vida cotidiana, es decir, cerca de la sede del ayuntamiento (poder local), la catedral (poder eclesiástico) o en la plaza del mercado (poder económico). En la Roma del medioevo, por ejemplo, bastaba que un notable del Consejo subiera el precio del grano para que el popolo enfurecido lo enfrentara en pleno Capitolio, que era sede del gobierno comunal y del mercado a la vez. Pero en las ciudades (capitales) modernas, los insurrectos ya no vuelcan su descontento con referencia a un solo espacio físico y social, sino que, a consecuencia del escapismo del poder, atacan puntos dispersos del conjunto (reventar el luminoso de Barclay's no se puede considerar el derrocamiento del capitalismo). Saben que el Presidente del Gobierno ya no vive en Villamejor, sino en Moncloa; el Rey reina desde Zarzuela, no desde el Palacio Real.

La información

La aparición de un nuevo espacio urbano y el escapismo practicado por el poder, por tanto, modificaron la imagen tradicional que tenemos de las revueltas urbanas. Sabemos de éstas, por otra parte, gracias al intenso flujo de información que nos llega a través de otro tipo de insurrección; una revolución con mayúsculas: la Revolución de la Información. Ya nadie imagina una situación de conflicto urbano sin un teléfono móvil que capte cada instante y lo comparta con el mundo entero, no ya a través de los diarios tradicionales, sino a través de las redes sociales, que son armas de difusión masiva, pero de doble filo. Es cierto. La información se ha puesto al servicio del ciudadano, pero antes rindió pleitesía al poderío militar y político y permaneció a su lado otorgándoles un grado preferente de control sobre el movimiento de la población. Así, la diferencia entre las revueltas urbanas actuales con las del pasado no está en el rápido flujo de información, sino en la aparición de un nuevo agente (el ciudadano) capaz de disputar al Estado el control de dicha información y, por tanto, el poder de hacer triunfar o fracasar una revuelta.

Los elementos físicos de la contienda

Rebelarse hoy contra el poder establecido evoca las algaradas pasadas con las que tratamos de establecer diferencias dentro de un mismo eje vertebrador. En cierto modo, los medios y recursos desplegados en el escenario tienen la pretensión de ser los mismos de siempre. De un lado, los alborotadores, guerrilleros de sorna española equipados con armas rudimentarias (piedras, palos, cócteles molotov, etc.) que en nada recuerdan a la ardiente belicosidad de antaño (por ejemplo, los anarquistas catalanes de la primera mitad del siglo XX). Son individuos parapetados en barricadas, levantadas a base de elementos del paisaje urbano. Antes, carretas de tiro animal, sacos de alimentos y piedras (sobre todo en el período revolucionario de 1830-1871); posteriormente, turismos (Mayo del 68), vallas móviles y contenedores de plástico. Las intenciones son las mismas: protegerse, atacar desde un puesto fijo y mantener la posición. Del otro lado, las fuerzas de choque; el cuerpo civil destinado a sustituir a la caballería militar en la protección de los intereses del Estado, la policía antidisturbios. Una especie de infantería medieval protegida con corazas, yelmos y escudos, dispuesta a avanzar contra el enemigo haciendo uso de armas efectivas no letales.


El perfil social de los rebeldes

Este punto es de veras confuso, pues en él se incluyen cambios que no dejan de ser transgresiones de una misma experiencia. La imagen creada de las revueltas urbanas coincide con una parte de la historia: la condición social baja de los rebeldes, encuadrados en partidos políticos de corte revolucionario (el pueblo, el proletariado, etc.). Sin embargo, tal coincidencia está hoy en entredicho, no ya porque buena parte del encuadramiento se produce fuera del marco partidista a favor de organizaciones de actuación internacional (no precisamente políticas), sino también porque la condición social del rebelde varía enormemente en función de los estudios, la situación laboral y familiar y, por qué no, su grado de felicidad. En las revueltas urbanas de hoy, al lado de un obrero combate un ingeniero.

El objetivo de la lucha

Si hay algo que no ha cambiado a lo largo de la historia de las revueltas urbanas es el fin en sí mismo de la lucha: desestabilizar o derrocar el poder establecido para forzar los cambios, es decir, enfrentar las ideas a los hechos para que aquéllas tomen un cariz revolucionario y escriban el siguiente capítulo de la historia factual. No esforzarse en entender el hecho de las revueltas en una situación de crisis política, económica y social equivale a ignorar otras formas de construir democracias independientes.

domingo, 9 de febrero de 2014

Aproximación al carácter fatalista de (una parte de) España

Bajo este cielo triste de febrero en que los días más parecen noches de claroscuro, regreso sobre estas líneas con el ánimo gris de tanta lluvia y tanta nube que me tienen estéril de palabras. Ni siquiera el sano ejercicio de la reflexión calmada ocupa ya un gran lugar en mi cotidianidad, sea por esta monotonía impuesta por la costumbre o por la misma inercia de un progreso que me exige que no piense, que no hable, que no actúe; que me insulta y patea en cuanto lo hago y que está dispuesta a pasar por encima mía en nombre de un sino donde reina la nada. 

En nombre del progreso vinieron dos mundanos españoles a comer a la gran mesa, llamada Estado, y consigo traían los vicios y virtudes de tan altanero pueblo. El café estaba servido y daban pequeños sorbos a la taza mientras arreglaban el país:

- Por supuesto, el presidente es un embustero y nada más puede hacer ya por nosotros excepto presentar su dimisión. La educación, la sanidad, el trabajo... todo se va con él y esperemos vengan tiempos mejores.

El otro, mientras posaba su taza sobre el platillo, replicaba a su vez:

- Sin duda, nos ha dejado a todos en la miseria. A mí en concreto no me ha dado beca alguna y, en fin... ¡todo está hecho un caos!

- Sí, pero a mí me ha recortado el sueldo y encima tengo que trabajar más horas. ¡Eso es injusto!

- Eso, ¡injusto!

Tan concentrados estaban poniendo en orden el estado de cosas que, de repente, un estruendo que provenía del exterior los levantó de sus asientos hacia la cristalera: un nutrido grupo de personas marchaba a lo largo de la avenida portando pancartas y gritando consignas contra el gobierno. En cuanto pasó la comitiva, la cual había reaccionado de manera hostil contra dos sucursales bancarias y la sede del partido en el gobierno, sitas en la misma calle, la pareja se refugió de nuevo en el interior y reanudó la plática:

- Menudos energúmenos. Las cosas no se hacen así...

- ¡Panda de vagos! Que se vayan a molestar a otra parte...

Todo aquel que se haya visto envuelto o protagonizado una situación de semejantes características, creo esbozará una pequeña sonrisa de ingenuidad cuando caiga en la cuenta del "besuguismo" (de besugo) intrínseco a este tipo de dialéctica que no conduce a nada fructífero. Sólo al desánimo generalizado y a un amarillismo propio de prensa barata.

Es probable que, vista la contradicción del lenguaje verbal, podamos atribuir la misma a la inocente naturaleza humana, pero eso sería sucumbir al "buenismo" rousseauniano y omitir cualquier  intento de aproximación analítica. Para ello, debería empezar por dilucidar ciertos preconceptos (prejuicios) personales acerca de los objetos puestos sobre la mesa, esto es, los españoles y su concepto de felicidad. 

Creo que, debido a su situación geográfica a caballo entre la Europa continental y el norte de África, los españoles son producto de usos y costumbres de culturas muy diversas las cuales poco a poco fueron moldeando su ser profundo. Y no me cabe duda de que este ser estuvo determinado en gran parte por un arabismo andaluz proclive al espíritu fatalista. El resto es factual. Sólo hay que observar detenidamente los procesos históricos ocurridos en España posteriores al año 1789 para darse de narices contra el resultado: algaradas militares, no revoluciones civiles; antiguo régimen descafeinado, no su superación. La vida política de la España decimonónica se caracterizó por el enfrentamiento abierto (y por tanto, por la falta de consenso) entre dos facciones que restringían las discusiones públicas al ámbito privado y que, en cierto modo, pretendían conservar en sus manos ad aeternum. El Desastre de 1898 vino a confirmar el fatalismo proclamado por la Iglesia, el Ejército y los intelectuales para pasar a impregnar buena parte del devenir histórico del país en el transcurso de la primera mitad del siglo XX. Si bien la II República supuso un obstáculo para el progreso de tal fatalismo, pronto encontraría su manifestación más interesante a lo largo de la dictadura del general Franco y, sobre todo, en el surgimiento de una amorfa clase media a partir de la Transición democrática. Una clase media que se dice apolítica, como corolario de los tabús impuestos por la dictadura, pero despotrica de palabra contra la virtud y el ejercicio de las libertades públicas que cree en contra de su felicidad privada; una clase media fatalista que se queja de las medidas tomadas por sus gobiernos, pero rechaza la protesta social como forma de actuación política.

Como no me considero precisamente una persona de palabra fácil, recupero aquí la palabras de John Stuart Mill al respecto, reproducidas a su vez por Hannah Arendt, para concluir lo que he venido a decir hoy aquí:

(...) podemos considerar esta desaparición del "gusto por la libertad política" como la retirada del individuo a una "esfera íntima de la conciencia" donde encuentra la única "región apropiada para la libertad humana"; desde esta región, como desde una fortaleza derrumbada, el individuo, habiendo predominado sobre el ciudadano, se defenderá entonces contra una sociedad que, a su vez, "predomina sobre la individualidad" (...) (Hannah Arendt, Sobre la revolución).

martes, 14 de enero de 2014

Bienestar de doble filo

A catorce años del comienzo del nuevo milenio, cabe preguntarse si las consecuencias económicas derivadas de los despropósitos de ciertos agentes económicos y políticos no estaban ya en la hoja de ruta de una historia pactada donde las víctimas desfilarían fascinadas por sus mismos verdugos.

Tras la Segunda Guerra Mundial y el triunfo de las tesis keynesianas, une vez encontrado que la Gran Depresión se produjo por la falta de mecanismos de intervención estatal en economía, el mundo occidental se apresuró a sentar los pilares del nuevo estado a través de la política monetaria y fiscal y un sistema de garantías sociales a sus ciudadanos, que se había puesto ya en práctica con Roosevelt en la Casa Blanca. El FMI y el BM, en principio, habían surgido como defensores del nuevo orden, el cual pasó muy pronto a estar en manos de la única economía nacional en expansión no dañada por la guerra. Los Estados Unidos, sin duda, alentaron el proceso de globalización convirtiéndose en los principales acreedores de Europa y el acicate necesario (que tenía un nombre, Dean Acheson) para la puesta a punto de la integración económica europea, en contra de posicionamientos autárquicos que, sin embargo, llevaron al despegue de países como Brasil, India o China. 

En 1971, lo que se creía garantizado por los acuerdos de Bretton Woods (1944), es decir, la convertibilidad dólar-oro, se vino abajo en forma de recesión económica y contracción comercial internacional. El paradigma económico de los años 80 representado por sendos gobiernos de Reagan y Thatcher en Estados Unidos y Reino Unido, respectivamente, restando la influencia de la escuela monetarista, significó la modificación del esquema de posguerra  a favor de la desregulación de sectores económicos considerados asuntos de Estado hasta la fecha y el proceso de acumulación de capital en multinacionales que acababan, paradójicamente, con la competencia a nivel local.

Desde los años 90, los presupuestos y actitudes de los estados nacionales ante el avance progresivo de un capitalismo global que modifica continuamente las reglas del juego y hace que las líneas del derecho se confundan vienen siendo las de un tratamiento a corto plazo que, con todo, claudica ante los malos usos del capitalismo y se beneficia de ellos a largo plazo. El Estado del Bienestar dio a Europa las mejores garantías para que el obrero dejara de vivir en condiciones (tan) míseras como las de épocas pretéritas y tuviera incluso la posibilidad  de hacerse un hueco entre la nueva sociedad opulenta de la que Marx hablaba, en la que el obrero ya no es un ser social, pero es igual de mísero. Si la innovación tecnológica de los últimos años trajo consigo la decadencia de los sectores primario y secundario, sustituidos por la importación a favor de los nuevos países productores y de los servicios, de acuerdo al nuevo valor que respalda la riqueza de las naciones, es decir, la información, del mismo modo ha automatizado prácticamente la vida de los países desarrollados a favor precisamente de un modus vivendi simplista y estándar que ha olvidado las viejas luchas y da por descontado el triunfo del bienestar social frente a un capitalismo que no entiende el principio de soberanía.

El Estado del Bienestar tiene sentido como balanza de esos desequilibrios creados a nivel nacional por el capitalismo global y como garantía del mínimo social admitido. Esto lleva a preguntarse, del mismo modo, si acaso no son los gestores de tal modelo de bienestar social, en connivencia directa con el paradigma económico actual, los que alientan inconscientemente la pasividad de una parte de la ciudadanía ante problemas que exigen una postura crítica y contestataria pero que, por otra parte, no logra transgredir planteamientos que tiene como universales y de pleno derecho, confía ciegamente en el sistema de cobertura y no puede ver que sus gobiernos, promotores de tal estado de cosas, perpetúan su poder a base de crear una igualdad ficticia que, en la práctica, no conduce ni a la felicidad ni a la realización personal del individuo, sino que favorece a unos pocos. 

viernes, 13 de septiembre de 2013

Sobre la educación

Creo yo que toda aportación al debate de la educación en nuestro país crea riqueza intelectual siempre y cuando se haga de manera constructiva y se integre en un sentido de finalidad común. Pues bien, la disertación de éste que escribe puede suponer todo y nada al mismo tiempo; puede mover a posicionarse o dejar totalmente indiferente al lector; y eso precisamente es lo que pretendo, pues absolutamente nadie es igual a otro excepto en la teoría del derecho, de manera que cualquiera puede recurrir mi manifiesto con tal de que haga honor al sano ejercicio de la discusión.

Mi visión de la educación se basa en mi experiencia como alumno. A lo largo de dos décadas aproximadamente he podido comprobar las dos caras de una institución con serios prejuicios por la universalidad del ser humano en cuanto ente libre y creador. Y lo dice una persona que vio sacrificados tres cursos a la holgazanería y la destrucción intelectual, pero que ahora puede señalar con el dedo a los que se les suponía una vocación para educar e instruir al mismo tiempo. La gran responsabilidad de formar a toda una generación pasó de puntillas entre unos trabajadores públicos que sólo alcanzaban a reproducir modelos escolásticos y a organizar verdaderas terapias de grupo en las que se dejaban confesar por sus alumnos. Ni un atisbo de autoridad creadora, necesaria en todo docente, se hizo sentir en los peores casos que logro recordar. Es más, la indiferencia hacia el educando se hacía norma en cuanto la desafección de este último, por mínima que fuese, se mostraba por primera vez. ¿Por qué tanto en la educación primaria como en la secundaria se nos formaba como si fuéramos un cuerpo homogéneo? Claro que siempre hubo algún tipo de división social entre "listos" y "burros", "aplicados" y "vagos", etc.; pero ni siquiera a los mejor preparados se les estimulaba para alcanzar un fin mayor al que se aspiraba en un aula: una conciencia crítica. No había lecciones heredadas, sólo fragmentos de información concienzudamente deshumanizadas (desapasionadas) con el fin de moldear ciudadanos tontos. 

El cáncer de este tipo de educación no proviene obviamente, de su agente reproductor, es decir, del docente, sino del contexto histórico-geográfico que determina una experiencia de educación basada en un provincialismo adaptado a condiciones globales. Los sucesivos gobiernos de este país, incapaces de llegar a un acuerdo histórico, tienen el mayor grado de culpa del estado de la educación en España. Las autonomías, meras reproducciones de las malas prácticas centralistas, otro tanto. Su modelo de educación de masas es capaz de reunir a una treintena de estudiantes en un aula y depositar la responsabilidad de su formación en un solo profesor que, naturalmente, no cumplirá con sus obligaciones tan eficazmente como lo haría con quince alumnos menos. Además de una división por departamentos, es necesaria una división creativa entre los alumnos, de forma que desde edad temprana se faculte al educando, individuo en busca de la universalidad, de las capacidades y aptitudes propias de su ser y asociar éstas a las más generales, en cuyo caso la colectividad se hace necesaria.

Para que esto se lleve a cabo huelga una declaración de intenciones tras otra. Como ya dije, el contexto histórico-geográfico determina las condiciones en las que la educación trata de adaptarse. Si falla el paradigma, es necesario recrear el ordenamiento jurídico y replantear un modelo educativo heredero de la Ilustración. La sociedad debe impregnarse de una conciencia que anteponga la educación a las luchas partidistas a través de una nueva actitud que supere la apatía y la pasividad que ha caracterizado a España en estos menesteres. 

miércoles, 17 de julio de 2013

La comuna de Roma entre 1143 y 1398 (1ª parte)

Planta de Roma de fray Paolino da Venezia (1323). Biblioteca Vaticana, Vat. Lat. 1960, fol. 270v
Hace tiempo que la Roma de época medieval dejó de ser analizada de manera exenta y marginal para incorporarse progresivamente en los estudios históricos pormenorizados sobre las ciudades medievales del centro-norte de Italia y, a pesar de ello, la imagen más generalizada de la Roma medieval tras la crisis del Imperio antiguo, con base en el Renacimiento y sobre todo en la tradición decimonónica, es la de una ciudad decadente dominada de manera progresiva por el papado.

Al margen del debate historiográfico sobre ruptura o continuidad en la Alta Edad Media, no cabe duda de que, a la luz de las diversas investigaciones, la ciudad eterna se tiene ganado un puesto junto a las ciudades medievales mediterráneas cuyo despegue urbano data del siglo XI. Gran parte del paisaje romano, sin embargo, se halla ruralizado como bien atestigua el hecho de que el antiguo Foro sea en época medieval un pastizal. Roma, al igual que otras ciudades del centro-norte italiano, también sufre por estas fechas un proceso de transformación política que lleva a la ciudadanía representada en gran medida por la nobleza a rebelarse contra sus reyes y señores eclesiásticos para participar del gobierno de sus territorios de manera autónoma y organizada, pero sin cuestionar el orden de cosas establecido, que podríamos atrevernos a denominar "orden feudal". El siglo XI es precisamente el período en el que documentamos por vez primera la aparición de las comunas de ámbito italiano (Pisa, 1081-1085; Asti, 1095; Milán, 1097; Arezzo, 1098; Génova, 1099), las cuales, por otra parte, son producto de un proceso mucho más largo en el tiempo.

El origen de la comuna de Roma, tardío por otra parte con respecto a las ciudades citadas, habría que buscarlo tanto en la presencia de “laici potenti” en los tribunales públicos del siglo XI, cuyos descendientes habrían ocupado puestos clave en la administración de la comuna romana, como en la aparición simultánea de cortes de justicia especializadas en la resolución de litigios profesionales. Por otra parte, la concesión de un privilegio comercial  al monasterio de Montecasino en 1127 por parte de un grupo de ciudadanos representantes del pueblo romano nos hace pensar en la capacidad de iniciativa habida ya con anterioridad al acto fundacional de la comuna en 1143. Para entonces, el pueblo de Roma, contrariado por la decisión del papa Inocencio II (1130-1143) que les prohibía derribar los muros de la derrotada ciudad de Tivoli, se rebeló contra su señor y procedió a renovar el antiguo Senado sobre la colina capitolina. Sin duda, la acción en sí misma constituyó un acto cargado de simbolismo, pero habría que señalar, no obstante, que dicha renovatio Senatus no modificaba ningún órgano preexistente, pues ni tenía que ver con el Senado de tradición antigua ni tampoco supuso un hito si atendemos al panorama político del norte de Italia por aquellas fechas, lo que convierte a Roma (he aquí lo importante) en una ciudad inmersa en un proceso generalizado de "constituciones comunales", a pesar de estar enclavada en pleno Patrimonio de San Pedro.

Definitivamente, la presencia pontificia asfixió cada iniciativa comunal, pero al mismo tiempo provocó un estímulo surgido de las mismas vicisitudes de la lucha entre los dos poderes. La comuna, por tanto, no se sometió al papado y ni siquiera en los momentos más favorables al poder pontificio, cuando los senadores estaban relacionados con la curia, se logró el abandono de los intereses y reivindicaciones comunales, lo que no quiere decir que no fuera presa del papa en ciertos momentos, como bien podemos comprobar en el acuerdo de paz de 1188 con Clemente III (1187-1191) por el cual la comuna, a pesar de ser reconocida oficialmente, se sometía al vasallaje de aquél y, por tanto, la autonomía plena dejaba de ser real. Prueba de ello está en la contundente modificación de la configuración del Senado en 1191, que pasó de estar comprendido por 56 miembros a depositar su titularidad en una sola persona: Giovanni Carushomo (1191), Giovanni Capocci (1195). Posteriormente, en 1238, la titularidad única del Senado pasó a estar ejercida de manera colegiada hasta 1358 por dos exponentes de los grupos de poder enfrentados, es decir, de familias nobles locales cuyo posicionamiento a favor del papa o del emperador dividía la vida política de la comuna. Así pues, la aparición del senador único, que coincidía en el tiempo con un proceso paralelo de implantación de podestà (magistrados forasteros con poderes extraordinarios) en el centro-norte de la península, responde a las circunstancias de las tensas relaciones entre comuna y papado y su colegialidad es fruto de los enfrentamientos entre facciones de la época.

Por otra parte, las relaciones entre Capitolio y emperador, sobre todo a partir del reinado de Federico II (1220-1250) siguieron la misma dinámica que aquéllas mantenidas con San Juan de Letrán, es decir, se movían entre el interés y el oportunismo. En cierto modo, la comuna de Roma actuó como un poder intermedio, pero activo, en los constantes enfrentamientos entre papado e Imperio. Fue de hecho la hostilidad entre el Stupor Mundi Federico y Gregorio IX (1227-1241) lo que permitió a la comuna continuar provisionalmente con su política de expansión territorial, la cual pasaba por hacerse con Tuscolo (1233), el otrora ducado de Tuscia y la provincia de Campagna e Marittima, sin mencionar el rencor que albergó contra Tivoli a lo largo de toda su historia. Sin duda, el ámbito territorial en el cual la comuna ejercía su jurisdicción, a pesar de la opacidad de esta cuestión, fue tema capital para la supervivencia del ente ciudadano sobre todo en 1234, cuando encabezada por el senador Luca Savelli se rebeló contra el papa con el fin de anular la paz de 1188, vista la pérdida de autonomía, y reivindicar atribuciones como la libre elección del Senado, la acuñación de moneda o el derecho a percibir el cobro de gabelas que finalmente vio reconocidas a pesar de sufrir pérdidas territoriales considerables tras la firma de la paz. 

Una vez asumida la colegialidad del cargo de senador único a partir de 1238, el poder comunal evolucionó de manera bicéfala de acuerdo a las circunstancias que el clima político imponía, aunque su orientación, en gran parte, miró por los intereses papales y dio de lado a Federico II. Con ocasión de la muerte del pontífice Inocencio IV (1243-1254), la comuna romana, víctima de los enfrentamientos de un pequeño y selecto grupo de familias nobles, denominadas baronali, tuvo que buscar soluciones más allá de sus murallas, como ya habían hecho algunas ciudades del norte a través del llamamiento de magistrados forasteros cuyos poderes extraordinarios hacían de éstos verdaderos dictadores. Procedente de Bolonia, el magistrado Brancaleone degli Andalò se convertiría en el primer senador forastero a cargo del gobierno comunal de Roma e iniciaría la denominada fase popular de la comuna (1252-1347).

martes, 10 de julio de 2012

Antonio Gramsci y la formación de los intelectuales

Ya hace un curso académico que quería dedicar un breve post a la divagación en torno a una parcela del pensamiento del filósofo marxista Antonio Gramsci (1891-1937): La formación de los intelectuales, título homónimo de una de sus obras más reflexivas. En una de sus pláticas, Gramsci pretende responder a la cuestión de si son los intelectuales un grupo social autónomo e independiente o si todos los grupos sociales tienen sus propias categorías de intelectuales especializados. Si por formación debemos entender proceso histórico, la principal cuestión gramsciana resulta determinante para asimilar un método que hace diferencia entre intelectuales orgánicos y tradicionales y, de forma un tanto paralela, entre urbanos y rurales.

En su aspecto inicial, el teórico italiano parte de una conceptualización que tiene al intelectual por ese ser independiente que se representa a sí mismo; que cree que son sus ideas las que construyen la realidad, y no al revés. En este punto, Gramsci se hace eco de la imagen del intelectual ensimismado que se supone parte de una élite, o lo que es lo mismo, el intelectual como excluido y excluyente. A esta idea el filósofo contrapone el ideal (que no la idea, a mi parecer) de que todo hombre es intelectual per se. Incluso se aventura a constatar una actividad intelectual, fruto de la formación técnica y la actividad industrial, en la clase obrera, los nuevos intelectuales. Encuentro aquí, si cabe, cierto atisbo medievalizante con la intención de sonar innovador: frente a la vida contemplativa más clasicista, intrínseca a la imagen del filósofo tradicional, Gramsci hace un canto de alabanza, como los primitivos cristianos, al dignificante trabajo manual. Sin embargo, el italiano se ocupa de dotar al hombre nuevo (una fuerza innovadora que es por antonomasia represiva con sus adversarios y expansiva) de un barniz que no es totalmente radical en sus planteamientos, sino que lanza al nuevo intelectual (obrero, se entiende) a ir de lo particular a lo general, o dicho de otro modo, a alcanzar la concepción humanística-histórica "sin la cual se es especialista pero no se es dirigente (especialista + político)".

Los intelectuales tienen graduaciones funcionales (cualitativas, no jerárquicas). Son los empleados del grupo dominante cuyas tareas subalternas (hegemonía social y política) se efectúan tanto en el plano del consenso espontáneo (otorgado por la población) como en el del poder coercitivo estatal. Pero además de poseer grados y realizar tareas específicas, Gramsci plantea el problema de la diferenciación según la categoría, como ya anunciábamos: intelectuales orgánicos e intelectuales tradicionales. Así, el marxista entra de lleno en  el quid con un ejercicio de praxis. Se sitúa en el ángulo del Partido, al que tiene como ente creador de un tipo de intelectual orgánico muy concreto, y equipara el mecanismo de aquél en la sociedad civil a la función que realiza el Estado en la política. Lo que se pretende es fundir en uno a los intelectuales orgánicos del grupo dominante y a los tradicionales bajo la misión de preparar a sus componentes hasta convertirlos en dirigentes y organizadores. De ahí que, pese a la graduación entre intelectuales, todos deban dirigir, organizar y educar en y para el Partido, es decir, cumplir la función intelectual dejando de lado momentáneamente su especialización y que sean agentes de actividades generales de carácter nacional e internacional.

La respuesta a si son los intelectuales un grupo independiente o fruto de un grupo social específico se genera en la corriente gramsciana como un intento de conciliar ambas realidades, de las que el filósofo naturalmente se inclina por la segunda, para ponerlas al servicio del Partido, en el que una teórica igualdad debe superar las graduaciones no obstante latentes.

lunes, 26 de marzo de 2012

El proceso de construcción europea: una valoración

A partir de 1990, una Alemania europea fue posible. Pero, ¿lo fue a costa de erigirse en motor de la Unión de Maastricht y de convertir Europa en una Magna Alemania? Se han venido planteando serias dudas sobre las premisas bajo las que la Unión Europea de Maastricht y, por ende, la Unión Económica y Monetaria se fueron estructurando. La pregunta sobre si puede existir la UEM sin unión política y fiscal[1] o es ésta una condición previa para el éxito de aquélla se antoja cuanto menos una disyuntiva entre la Europa de las Naciones y la Europa Federal.

Finalizada la Guerra Fría, la “aceleración histórica” precipitó la hipotética construcción de una Unión Federal Europea[2]. A la par que Alemania se reunificaba, así cumplía Europa su otrora aspiración, que no era otra que la de unirse bajo el techo, a largo plazo, de una misma moneda, de un consenso que condujera a una sola voz exterior y el de la cooperación en asuntos judiciales y de interior. En esencia, Maastricht representaba el debate aún inconcluso sobre la construcción europea, presente desde los años sesenta del siglo XX, entre los partidarios de una Europa intergubernamental y los que buscaban la federación europea. Pero, ¿convertía el TUE a la Unión en una realidad política y jurídica o sólo en un objetivo? El principio de subsidiariedad, propio del derecho comunitario, resulta esencial si hemos de entender precisamente que el objeto de su existencia era responder a las preocupaciones acerca de la excesiva regulación e interferencia de la burocracia de la Unión desde Bruselas. Una federación europea, a pesar de ser un fin en sí mismo, era y sigue siendo papel mojado, sobre todo para Gran Bretaña y Francia.

Los reunidos en Maastricht también eran conscientes de que debían afrontar la ampliación al Este[3]. De hecho, la otra gran dicotomía en el seno de la Unión estaba en los procesos de ampliación y profundización. Según planteamientos de relaciones exteriores, el primer mecanismo favorecía a los estados competidores, los cuales veían en la ampliación de Europa una forma de obstaculizar la unión política y económica. La profundización, por su parte, presentaba a la Unión la tarea de lograr que los antiguos países del bloque soviético adaptaran un modelo de democracia típicamente occidental y una economía de mercado. Así es como ciertas voces europeas reticentes a la ampliación, como Dinamarca o Gran Bretaña en su momento, han llevado a que, una tras otra, Europa replantee la cuestión de las “dos velocidades”, sobre todo, en momentos de coyuntura económica como la que hoy vivimos. Esto, sin duda, configura un elemento disgregador dentro de las economías generalmente más frágiles y, ante todo, afianza el descontento de un gran sector que ve en las directrices económicas de Bruselas, no sólo a un ente supranacional, sino a un conjunto de naciones, principalmente Francia y Alemania, que ven como determinantes[4].

Si el Tratado de Amsterdam, pese a ahondar en la democratización, y el de Niza representaron la puesta a prueba del acervo comunitario ante los ajustes realizados, a fin de adaptar las economías nacionales, y, del mismo modo, revelaron la incapacidad de una reforma institucional que permitiera dar paso a la ampliación, todo ello puso en peligro la solidaridad en Europa. La intentona constitucional y el Tratado de Lisboa seguirían la suerte de los anteriores acuerdos. No obstante, Lisboa supera a Niza y avanza en la reforma institucional, pero, sobre todo, relega de nuevo la unión política a un segundo plano, favoreciendo en su lugar el gobierno intergubernamental.

Hoy, Europa mira a Alemania a los ojos, pues ve en el país germánico al único capaz de liderar este Viejo Continente ante la tormenta en forma de crisis de deuda. El problema es que, aunque no quiere desempeñar ese papel, su situación equilibrada la hace modelo de todos. Podría decirse incluso que el Banco Central Europeo es un Bundesbank independiente bajo “supervisión” alemana con el cual cuentan todos los países europeos en situación deficitaria, como si del salvador de última instancia se tratara. Esto es lo que hace que Angela Merkel presente sus reservas, sea considerada una madrastra severa y, a pesar de todo, sea elemento amalgamador de la Unión junto con Francia[5]. Ha apostado decididamente por el pacto fiscal encontrándose con las reticencias de una parte de la socialdemocracia europea y, no obstante, su discurso europeísta sigue refiriéndose al modelo social europeo en términos que dicen garantizar el Estado del Bienestar mientras que, en el terreno práctico, empuja a los países a adoptar políticas de austeridad en el gasto público.

Como diría Ortega,

¿Es tan cierto como se dice que Europa esté en decadencia y resigne el mando, abdique? ¿No será esta aparente decadencia la crisis bienhechora que permita a Europa ser literalmente Europa? La evidente decadencia de las naciones europeas, ¿no era a priori necesaria si algún día habían de ser posible los Estados Unidos de Europa, la pluralidad europea sustituida por su formal unidad.

Y yo me pregunto: ¿alguna vez Europa he dejado de ser decadente?

[1] El TUE dedicaba la mayor parte de su articulado a la UEM, desde el art. 85 hasta el 130 Y. Correspondían estos al ordenamiento del sistema económico y social, que en el posterior Tratado de Lisboa se dice expresamente que corresponde a la llamada "Economía Social de Mercado", que se inspiraba en el modelo alemán y que, por razones tácticas, no pareció oportuno mencionarlo en Maastricht. En el art. 104 C y en el protocolo 5 del TUE se estableció también el principio de la Estabilidad Presupuestaria, que es uno de los temas que se tratan de reformar en el nuevo Tratado de Estabilidad, coordinación y gobernanza en la Unión Económica y Monetaria, aprobado el 30 de enero del presente año, que para muchos se reduce a un Pacto Fiscal (Recio, E. M. (22/03/2012): “Otro paso adelante hacia la unión política europea” en CincoDías.com, http://www.cincodias.com/articulo/opinion/paso-adelante-union-politica-europea/20120322cdscdiopi_6/ [Consulta 22/3/2012]).

[2] Budge, I. et al. (2001): “¿Hacia una Unión más perfecta?” en La Política de la nueva Europa: del Atlántico a los Urales, Madrid, Akal, pag. 80.

[3] Actualmente, son países candidatos Croacia, Antigua República Yugoslava de Macedonia, Islandia, Montenegro, Serbia y Turquía (Unión Europea: “Estados miembros” en Países [HTML en línea], http://europa.eu/about-eu/countries/index_es.htm [Consulta 22/3/2012]).

[4] Un ejemplo: "Los Estados miembros sometidos a la presión de los mercados deberían cumplir los objetivos presupuestarios acordados y permanecer dispuestos a aplicar otras medidas de consolidación en caso necesario", afirman las conclusiones aprobadas por el Consejo Europeo de forma unánime” (lavanguardia.com (2/3/2012): “La UE dice que los mercados castigarán a España si incumple el déficit” en Economía [HTML en línea], http://www.lavanguardia.com/economia/20120302/54263218100/ue-mercados-castigaran-espana-incumple-deficit.html, [Consulta 22/3/2012]).

[5] Un ejemplo: Gómez, J. (18/11/2011): Merkel: "La solución es política" en El País [HTML en línea], http://elpais.com/diario/2011/11/18/economia/1321570803_850215.html, [Consulta 22/3/2012]).