Las revueltas urbanas que se suceden actualmente en Madrid (o que tienen como destino la capital de España) hacen que lea este proceso a través de una lente que separa tradición y novedad, sin percatarme de que, en realidad, los tercetos de la poesía revolucionaria actual riman con los cuartetos anteriores. El hecho de que individuos organizados planteen obstruir vías de comunicación, asaltar edificios o defender sus posiciones contra las fuerzas del orden buscando desestabilizar o derrocar el poder establecido no es nada nuevo.
Veamos que hay de novedoso en esa tradición de revueltas urbanas que perdura desde que existen gobernantes y gobernados.
Y del mismo modo que las revueltas ya no se producen en pasajes angostos, los insurrectos del presente lo tienen aún más difícil a la hora de buscar objetivos vulnerables. En las ciudades de la Edad Media, las revueltas populares se producían por lo general allí donde transcurría la vida cotidiana, es decir, cerca de la sede del ayuntamiento (poder local), la catedral (poder eclesiástico) o en la plaza del mercado (poder económico). En la Roma del medioevo, por ejemplo, bastaba que un notable del Consejo subiera el precio del grano para que el popolo enfurecido lo enfrentara en pleno Capitolio, que era sede del gobierno comunal y del mercado a la vez. Pero en las ciudades (capitales) modernas, los insurrectos ya no vuelcan su descontento con referencia a un solo espacio físico y social, sino que, a consecuencia del escapismo del poder, atacan puntos dispersos del conjunto (reventar el luminoso de Barclay's no se puede considerar el derrocamiento del capitalismo). Saben que el Presidente del Gobierno ya no vive en Villamejor, sino en Moncloa; el Rey reina desde Zarzuela, no desde el Palacio Real.
La información
Rebelarse hoy contra el poder establecido evoca las algaradas pasadas con las que tratamos de establecer diferencias dentro de un mismo eje vertebrador. En cierto modo, los medios y recursos desplegados en el escenario tienen la pretensión de ser los mismos de siempre. De un lado, los alborotadores, guerrilleros de sorna española equipados con armas rudimentarias (piedras, palos, cócteles molotov, etc.) que en nada recuerdan a la ardiente belicosidad de antaño (por ejemplo, los anarquistas catalanes de la primera mitad del siglo XX). Son individuos parapetados en barricadas, levantadas a base de elementos del paisaje urbano. Antes, carretas de tiro animal, sacos de alimentos y piedras (sobre todo en el período revolucionario de 1830-1871); posteriormente, turismos (Mayo del 68), vallas móviles y contenedores de plástico. Las intenciones son las mismas: protegerse, atacar desde un puesto fijo y mantener la posición. Del otro lado, las fuerzas de choque; el cuerpo civil destinado a sustituir a la caballería militar en la protección de los intereses del Estado, la policía antidisturbios. Una especie de infantería medieval protegida con corazas, yelmos y escudos, dispuesta a avanzar contra el enemigo haciendo uso de armas efectivas no letales.
Este punto es de veras confuso, pues en él se incluyen cambios que no dejan de ser transgresiones de una misma experiencia. La imagen creada de las revueltas urbanas coincide con una parte de la historia: la condición social baja de los rebeldes, encuadrados en partidos políticos de corte revolucionario (el pueblo, el proletariado, etc.). Sin embargo, tal coincidencia está hoy en entredicho, no ya porque buena parte del encuadramiento se produce fuera del marco partidista a favor de organizaciones de actuación internacional (no precisamente políticas), sino también porque la condición social del rebelde varía enormemente en función de los estudios, la situación laboral y familiar y, por qué no, su grado de felicidad. En las revueltas urbanas de hoy, al lado de un obrero combate un ingeniero.
El objetivo de la lucha
Si hay algo que no ha cambiado a lo largo de la historia de las revueltas urbanas es el fin en sí mismo de la lucha: desestabilizar o derrocar el poder establecido para forzar los cambios, es decir, enfrentar las ideas a los hechos para que aquéllas tomen un cariz revolucionario y escriban el siguiente capítulo de la historia factual. No esforzarse en entender el hecho de las revueltas en una situación de crisis política, económica y social equivale a ignorar otras formas de construir democracias independientes.

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