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domingo, 2 de agosto de 2020

El fin del Estado Pontificio

Nosotros como Príncipe temporal, y mucho más como Cabeza y Pontífice de la Católica Religión, (…) pedimos (…) que se mantenga el Sacro derecho del temporal Dominio de la Santa Sede, la cual goza desde hace siglos de la legítima posesión universalmente reconocida; derecho que en el orden presente de la Providencia se hace necesario e indispensable para el libre ejercicio del Apostolado Católico de esta Santa Sede.
Gaeta, 14 de febrero de 1849[1]

Las decadencias me fascinan. Ello no quiere decir que tenga diagnosticada una enfermedad mental cuya patología consista en la recreación ante el sufrimiento. Lo que me fascina son aquellos procesos de decadencia en los que un agente histórico asiste a los estertores de su vida útil. Me ocurre desde temprana edad, con 21 o 22 años, cuando cayó en mis manos Historia de la decadencia y caída del Imperio romano de Edward Gibbon y, más todavía, cuando leí Historia y decadencia de Pierre Chaunu y La decadencia de Occidente de Oswald Spengler, cuyo valor historiográfico, al margen de lo político, es apenas convincente. De entre sus páginas, sin embargo, se desprende el elemento esencial en torno al cual gira un tipo de historiografía interesada en analizar el porqué del fin de las cosas, esto es, la decadencia de las civilizaciones y/o de los imperios.

Si bien los procesos de decadencia son el motivo principal por el que escribo hoy aquí, no parece ser condición suficiente para iniciar todo un discurso generalista acerca del tema. Hace uno días comencé a ver la nueva serie de Paolo Sorrentino, El joven papa, con Jude Law en el papel del ultraconservador Pío XIII, y no pude por menos que alabar su originalidad y brillantez a la hora de llevar a escena temas francamente familiares: el personalismo, la teatralidad y lo retrógrado de ciertas propuestas políticas actuales. La escena de la audiencia entre el pontífice y el primer ministro italiano condensa de manera genial la tensa historia de las relaciones entre los estados laicos y la Iglesia y, más concretamente, entre el Estado italiano y el Vaticano. En cierto momento, Pío XIII amenaza al premier con recuperar la Non expedit, es decir, la disposición que en 1868 prohibía a los católicos italianos votar en los comicios electorales, con lo que se pone sobre la mesa un tema teóricamente superado con la firma de los Pactos de Letrán en 1929. Francamente, me sorprendería ver a un papa actual iniciar una campaña agresiva para aumentar su poder temporal, no tanto por lo anacrónico del gesto, sino por los peligros que conllevaría. En ese sentido, el ejemplo de la decadencia de los Estados Pontificios en el siglo XIX nos viene a confirmar que la Historia no sopla a favor de los “venidos a menos” y, por tanto, no los pone en posición de volver a conducirla.

Para comprender el trauma del debilitamiento de los estados de la Iglesia resulta necesario explicar el porqué de su llanto, tal y como lo expresa Pío IX (1846-1878) tras huir de Roma en 1848. En la oscuridad documental del siglo VIII, en una Italia dividida en varios dominios, los últimos reductos del poder bizantino van cayendo ante el avance de los reyes lombardos en beneficio de los futuros señores del orbe cristiano: los papas. Tras recibir la ciudad de Sutri de las manos del lombardo Astolfo, el papa Esteban II recibe de Pipino el Breve los territorios arrebatados a los lombardos (Romaña y Pentápolis) para que, junto con el ducado de Roma, constituya el poder temporal de la Santa Sede, es decir, el Estado Pontificio, un ideal patrimonio con base legal en un documento falso: la Donación de Constantino. Dicho documento asegura que la autonomía romana respecto a Oriente se remontaría a Constantino el Grande, quien habría legado a los papas, junto con la ciudad de Roma, la mitad del Imperio occidental. Una treta tan necesaria para justificar más de 1000 años de sometimiento “legítima posesión universalmente reconocida” como conflictiva para sus creadores, el futuro Sacro Imperio Romano Germánico y el Estado Pontificio; algo así como una relación tóxica de pareja.

En sus largos años como Patrimonio de San Pedro, Roma fue el centro neurálgico de toda una suerte de luchas interminables por el poder pontificio entre una serie de familias nobles, desde los Pierleoni y los Frangipane a los Orsini y los Colonna, así como el escenario de memorables acontecimientos como la constitución de una comuna en 1143 contra el poder temporal de los pontífices (a ratos) y el ascenso al poder de un tribuno protorenacentista al que muchos comparan con Mussolini: Cola de Rienzo. Pero ni la convulsión de la cautividad aviñonense, ni el Cisma, ni siquiera el grave Sacco de 1527 depusieron de sus funciones temporales a los papas, que sólo empezarían a temer por la integridad de sus posesiones a partir de las Guerras Revolucionarias (1793-1815) y la eclosión del republicanismo. En ese sentido, el último acto del proceso de unificación italiano, la conquista de Roma por tropas del nuevo Estado, representa por sí mismo el encuentro traumático entre dos épocas: la medieval, que envolvía la ciudad desde hacía más de 1000 años, y la contemporánea, que penetraba en su interior a golpe de bayoneta. Un vistazo a las siguientes fotografías tomadas en 1860 por el fotógrafo francés Henri Plaut nos brinda la posibilidad de contemplar una Roma todavía inmaculada, rural y desierta en oposición a la ciudad actual, capital del turismo de masas.

Via delle Quattro Fontane. Al fondo, Santa Maria Maggiore

Foro Romano

Via di Porta Leone. Al fondo, el Templo de Hércules Víctor

Plaza de San Pedro

Y es en esa paz medieval previa a la conquista italiana donde el Estado Pontificio agoniza con Pío IX a las riendas. Ya desde el principio, el reinado del noble anconitano estuvo condicionado por la era de la doble revolución ideológica e industrial, así como por el auge del nacionalismo, el liberalismo y el socialismo y la consolidación de la ciencia con la aparición en 1859 de la teoría de la evolución de Darwin. Un ambiente muy poco favorable a la continuación de la tradicional autoridad espiritual del papa sobre los estados europeos. Al menos no sin haber arrasado con los pilares del Antiguo Régimen y puesto en su lugar las columnas del Estado liberal. En el transcurso de sólo dos años desde su elevación al solio pontificio, Pío IX pasó de ser el candidato a presidir la confederación italiana ideada por los neogüelfos Gioberti y Balbo a despertar la desconfianza de los piamonteses tras su negativa a unir sus armas contra Austria. En 1848, en plena efervescencia revolucionaria, el monopolio del ministerio pontificio por parte de elementos populares empujaría al papa a huir a Gaeta, desde donde dirigiría una llamada de auxilio a las potencias europeas (ver supra) para restablecer el poder temporal arrebatado por la efímera República Romana de 1849.

Ante la resistencia de Mazzini, el ejército de la II República Francesa sería el encargado de restablecer (paradójicamente) el absolutismo papal en Roma tras más de dos meses de asedio. Sin embargo, el regreso de Pío IX no presagiaba un viraje hacia el reformismo. Antes al contrario, la concentración del poder en torno a la figura del Secretario de Estado Antonelli, la división del patrimonio en provincias y legaciones y la constitución de un Consejo meramente consultivo fueron las señas de identidad de un pontificado a punto de estallar en revuelta abierta, tal y como presagiaba el liberal inglés Gladstone:

El Poder temporal del Pontífice, esa grande, magnífica, antigua construcción, ha terminado. El problema está a punto de resolverse. Se ha minado el terreno, se ha colocado la mecha. Únicamente una fuerza extranjera, transitoria por naturaleza, detiene el brazo de los impacientes por terminar prendiendo fuego[2].

Así, mientras Pío IX quedaba aislado en sus dominios, el Reino de Piamonte-Cerdeña, con el rey Víctor Manuel III y el ministro Cavour a la cabeza, se aventuraba a convertir la unificación de Italia en una cuestión de carácter internacional, tal y como reflejan las conversaciones del Congreso de París de 1856 y la entrevista con Napoleón III en Plombières en 1858. La guerra con Austria no tardaría en estallar y, mediante el inesperado armisticio de Villafranca, finiquitarse con la anexión piamontesa de Lombardía, la conservación del Véneto por parte de Austria y le cesión italiana de Niza y Saboya a Francia. Ante tal estado de cosas, la inflexibilidad del papa no parecía advertir la amenaza real al poder temporal de la Iglesia. Con la Lombardía y los ducados de Parma, Módena y Toscana en poder del Piamonte, apoyado por Francia, los austríacos en retirada y Nápoles en poder de los mil de Garibaldi, el camino hacia Roma quedaba expedito para los enemigos del papa, quienes pronto iniciarían una revuelta en sus dominios, al paso del triunfante ejército italiano. Sin embargo, la llamada cuestión romana no parecía un asunto fácil de resolver, más aun cuando el problema pivotaba entre cuatros estados (España, Francia, Austria e Italia) que decían ser competentes para intervenir. Un acuerdo de última hora entre Francia e Italia en 1864 comprometía a esta última “a no atacar el actual territorio del Padre Santo y a impedir, incluso por la fuerza, todo ataque procedente del exterior contra dicho territorio”, mientras que Francia se obligaba a “retirar sus tropas de los Estados pontificios gradualmente y a medida que se organice el ejército del Padre Santo”[3].

La última horma en el zapato del Estado italiano, la anexión de la Venecia austríaca en 1866, preparó a Pío IX para lo peor. “Italia está hecha, pero incompleta”, dijo Víctor Manuel para temor del pontífice. Confiado en la protección de la guarnición francesa, enfrentada cada vez más con los italianos, Pío IX apenas contaba con un ejército de 10.000 voluntarios franceses, belgas, suizos, irlandeses, españoles y holandeses para defender Roma contra 70.000 soldados italianos. El curso de la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871) precipitaría los acontecimientos: la retirada de la guarnición francesa derivada de las necesidades bélicas de Napoleón III puso en pie de guerra a las unidades italianas que, ante la Muralla Aureliana, aguardaban la señal de ataque. En la mañana del 20 de septiembre de 1870, tres horas y 67 muertos después, el milenario Estado Pontificio dejaba prácticamente de existir.

La anexión efectiva de Roma al Reino de Italia mediante plebiscito puso fin a un proceso de unificación que se llevó por delante el poder temporal del papa. Podríamos debatir largo y tendido sobre la ilegalidad en que incurrió el naciente Estado italiano al vulnerar el acuerdo de 1864 con Francia, aunque la cuestión quedaría reducida al mero enfrentamiento ideológico o bien a una discusión mucho más profunda sobre la naturaleza de los procedimientos de los Estados modernos para consolidar su autoridad. Lo cierto es que la situación de los papas, victimizados como prisioneros del rey en el Vaticano, hubiera sido envidiable de no ser por la negativa de Pío IX a aceptar la Ley de Garantías de 1871: Italia dejaría a la Santa Sede en usufructo los palacios apostólicos del Vaticano, Letrán y Castelgandolfo, a los que concedería la extraterritorialidad; se proclamaría la persona del papa sagrada e inviolable, el Estado italiano se obligaría a pasarle una renta anual de 3.225.000 liras libres de impuestos y la ley reconocería su derecho a mantener nuncios ante los gobiernos extranjeros y a éstos la posibilidad de mantener embajadores ante el Vaticano. En cualquier caso, la firma en 1929 de los Pactos de Letrán no sólo vino a garantizar las mismas cláusulas de 1871, sino que las dobló con la exención tributaria de las retribuciones debidas por la Santa Sede a dignidades, empleados y asalariados y con la liquidación de todo crédito contraído con el Estado italiano.

Desde entonces, el reducto vaticano del antiguo Estado Pontificio no ha modificado un palmo de sus fronteras, ni siquiera con la revisión de los pactos lateranenses en 1984. Un papa actual que reclamara su antigua soberanía desde la colina romana hasta las Marcas podría sonar extraño, pero no por ello carecería de base histórica para hacerlo (la cuestión legal ya sería otra historia).

BIBLIOGRAFÍA

Belchem, J. et Price, R. (2007): Diccionario Akal de Historia del siglo XIX, Madrid, Akal.

Castella, G. (1970): Historia de los papas, vol. II, Madrid, Espasa-Calpe.

Hobsbawm, E. (2014): La era de la revolución (1789-1848); La era del capital (1848-1875); La era del imperio (1875-1914), Barcelona, Crítica.

Kinder, H., Hilgemann, W. et Hergt, M. (2007): Atlas histórico mundial. De los orígenes a nuestros días, Madrid, Akal.


[1] Pío IX (1849): “Protesta La serie” en Pío IX, http://w2.vatican.va/content/pius-ix/it/documents/protesta-la-serie-14-febbraio-1849.html [HTML en línea].
[2] Citado en Castella, G. (1970): p. 319.
[3] Ibíd.: p. 332.

miércoles, 17 de julio de 2013

La comuna de Roma entre 1143 y 1398 (1ª parte)

Planta de Roma de fray Paolino da Venezia (1323). Biblioteca Vaticana, Vat. Lat. 1960, fol. 270v
Hace tiempo que la Roma de época medieval dejó de ser analizada de manera exenta y marginal para incorporarse progresivamente en los estudios históricos pormenorizados sobre las ciudades medievales del centro-norte de Italia y, a pesar de ello, la imagen más generalizada de la Roma medieval tras la crisis del Imperio antiguo, con base en el Renacimiento y sobre todo en la tradición decimonónica, es la de una ciudad decadente dominada de manera progresiva por el papado.

Al margen del debate historiográfico sobre ruptura o continuidad en la Alta Edad Media, no cabe duda de que, a la luz de las diversas investigaciones, la ciudad eterna se tiene ganado un puesto junto a las ciudades medievales mediterráneas cuyo despegue urbano data del siglo XI. Gran parte del paisaje romano, sin embargo, se halla ruralizado como bien atestigua el hecho de que el antiguo Foro sea en época medieval un pastizal. Roma, al igual que otras ciudades del centro-norte italiano, también sufre por estas fechas un proceso de transformación política que lleva a la ciudadanía representada en gran medida por la nobleza a rebelarse contra sus reyes y señores eclesiásticos para participar del gobierno de sus territorios de manera autónoma y organizada, pero sin cuestionar el orden de cosas establecido, que podríamos atrevernos a denominar "orden feudal". El siglo XI es precisamente el período en el que documentamos por vez primera la aparición de las comunas de ámbito italiano (Pisa, 1081-1085; Asti, 1095; Milán, 1097; Arezzo, 1098; Génova, 1099), las cuales, por otra parte, son producto de un proceso mucho más largo en el tiempo.

El origen de la comuna de Roma, tardío por otra parte con respecto a las ciudades citadas, habría que buscarlo tanto en la presencia de “laici potenti” en los tribunales públicos del siglo XI, cuyos descendientes habrían ocupado puestos clave en la administración de la comuna romana, como en la aparición simultánea de cortes de justicia especializadas en la resolución de litigios profesionales. Por otra parte, la concesión de un privilegio comercial  al monasterio de Montecasino en 1127 por parte de un grupo de ciudadanos representantes del pueblo romano nos hace pensar en la capacidad de iniciativa habida ya con anterioridad al acto fundacional de la comuna en 1143. Para entonces, el pueblo de Roma, contrariado por la decisión del papa Inocencio II (1130-1143) que les prohibía derribar los muros de la derrotada ciudad de Tivoli, se rebeló contra su señor y procedió a renovar el antiguo Senado sobre la colina capitolina. Sin duda, la acción en sí misma constituyó un acto cargado de simbolismo, pero habría que señalar, no obstante, que dicha renovatio Senatus no modificaba ningún órgano preexistente, pues ni tenía que ver con el Senado de tradición antigua ni tampoco supuso un hito si atendemos al panorama político del norte de Italia por aquellas fechas, lo que convierte a Roma (he aquí lo importante) en una ciudad inmersa en un proceso generalizado de "constituciones comunales", a pesar de estar enclavada en pleno Patrimonio de San Pedro.

Definitivamente, la presencia pontificia asfixió cada iniciativa comunal, pero al mismo tiempo provocó un estímulo surgido de las mismas vicisitudes de la lucha entre los dos poderes. La comuna, por tanto, no se sometió al papado y ni siquiera en los momentos más favorables al poder pontificio, cuando los senadores estaban relacionados con la curia, se logró el abandono de los intereses y reivindicaciones comunales, lo que no quiere decir que no fuera presa del papa en ciertos momentos, como bien podemos comprobar en el acuerdo de paz de 1188 con Clemente III (1187-1191) por el cual la comuna, a pesar de ser reconocida oficialmente, se sometía al vasallaje de aquél y, por tanto, la autonomía plena dejaba de ser real. Prueba de ello está en la contundente modificación de la configuración del Senado en 1191, que pasó de estar comprendido por 56 miembros a depositar su titularidad en una sola persona: Giovanni Carushomo (1191), Giovanni Capocci (1195). Posteriormente, en 1238, la titularidad única del Senado pasó a estar ejercida de manera colegiada hasta 1358 por dos exponentes de los grupos de poder enfrentados, es decir, de familias nobles locales cuyo posicionamiento a favor del papa o del emperador dividía la vida política de la comuna. Así pues, la aparición del senador único, que coincidía en el tiempo con un proceso paralelo de implantación de podestà (magistrados forasteros con poderes extraordinarios) en el centro-norte de la península, responde a las circunstancias de las tensas relaciones entre comuna y papado y su colegialidad es fruto de los enfrentamientos entre facciones de la época.

Por otra parte, las relaciones entre Capitolio y emperador, sobre todo a partir del reinado de Federico II (1220-1250) siguieron la misma dinámica que aquéllas mantenidas con San Juan de Letrán, es decir, se movían entre el interés y el oportunismo. En cierto modo, la comuna de Roma actuó como un poder intermedio, pero activo, en los constantes enfrentamientos entre papado e Imperio. Fue de hecho la hostilidad entre el Stupor Mundi Federico y Gregorio IX (1227-1241) lo que permitió a la comuna continuar provisionalmente con su política de expansión territorial, la cual pasaba por hacerse con Tuscolo (1233), el otrora ducado de Tuscia y la provincia de Campagna e Marittima, sin mencionar el rencor que albergó contra Tivoli a lo largo de toda su historia. Sin duda, el ámbito territorial en el cual la comuna ejercía su jurisdicción, a pesar de la opacidad de esta cuestión, fue tema capital para la supervivencia del ente ciudadano sobre todo en 1234, cuando encabezada por el senador Luca Savelli se rebeló contra el papa con el fin de anular la paz de 1188, vista la pérdida de autonomía, y reivindicar atribuciones como la libre elección del Senado, la acuñación de moneda o el derecho a percibir el cobro de gabelas que finalmente vio reconocidas a pesar de sufrir pérdidas territoriales considerables tras la firma de la paz. 

Una vez asumida la colegialidad del cargo de senador único a partir de 1238, el poder comunal evolucionó de manera bicéfala de acuerdo a las circunstancias que el clima político imponía, aunque su orientación, en gran parte, miró por los intereses papales y dio de lado a Federico II. Con ocasión de la muerte del pontífice Inocencio IV (1243-1254), la comuna romana, víctima de los enfrentamientos de un pequeño y selecto grupo de familias nobles, denominadas baronali, tuvo que buscar soluciones más allá de sus murallas, como ya habían hecho algunas ciudades del norte a través del llamamiento de magistrados forasteros cuyos poderes extraordinarios hacían de éstos verdaderos dictadores. Procedente de Bolonia, el magistrado Brancaleone degli Andalò se convertiría en el primer senador forastero a cargo del gobierno comunal de Roma e iniciaría la denominada fase popular de la comuna (1252-1347).

miércoles, 28 de julio de 2010

Crónica de un viaje. Romasas: Día 1


Por el airísimo...

Alcanzamos a palpar un nerviosismo que se acumula en el estómago por momentos. El avión nos espera en la pista y Laura toma aire en cuanto se pone el cinturón de seguridad. El fuselaje no alberga a muchos pasajeros españoles, la mayoría de ellos es oriunda de Italia. Así que, entre gráciles dejes idiomáticos, levantamos el vuelo hacia la Ciudad Eterna.

Tras casi dos horas y media en las nubes, arrivamos a Ciampino. Cuando el mozo de cabina nos despide a la salida del Boeing, un calor asfixiante nos recibe mientras bajamos la escalera de acceso. La sección de llegadas es pequeña y no conduce a pérdida, de modo que Laura y yo aguardamos a recoger nuestro equipaje de la eterna cinta. Una vez intercambiadas varias impresiones de pareja, decidimos arriesgarnos a sucumbir bajo el sol y tomar un bus directo a la estación Termini. Heme aquí, en mi primera situación frente a un empleado del sector servicios "chapurreando" algo de italiano. Compruebo que el entendimiento no va mal encaminado y que, de ahí en adelante, mi particular "italo-español" me servirá de mucho en situaciones en que una simple palabra no quede clara. El trayecto en bus transcurre normalmente, excepto por la temeridad del conductor, la cual pasa desapercibida. Habiendo accedido al extrarradio de Roma, observo las primeras construcciones ruinosas de la Antigüedad a la vez que se cruzan con avenidas mal asfaltadas, desbordadas de un tráfico enorme y anárquico, y flanquedas todas por degradados bloques de corte renacentista o barroco, eso sí, repletos de graffitis mal hechos en su base.

Llegados a la estación Termini, caminamos en busca de nuestro alojamiento. Las calles son una amalgama de razas y culturas, nacionalidades y lenguas. Los establecimientos de comida y bebida se suceden uno tras otro hasta que llegamos a un portal medio destartalado sobre el que leemos "Hotel Magic" en uno de tantos carteles anunciantes. Lo único que queremos en ese instante es poder "chegar e encher", pero un ascensor claustrofóbico nos pone dificultades a la hora de subir las maletas. La bienvenida que nos brinda una de las regentes de la pensión (porque eso era) se covierte en una recepción fría y desdeñable, mas intentamos poner atención para entender las instrucciones dadas en un malsonado italiano. La habitación doble es muy acogedora, se mantiene limpia y guarda pequeños detalles. En sí misma, la zona de recepción ya nos anunciaba un espacio bastante agradable. Por fin instalados, Laura y yo emprendemos nuestra ruta dominical. Tras visitar la magnífica basílica de Santa Maria degli Angeli, una parada improvisada para comer en Piazza della Repubblica nos lleva a tener que recurrir a una fábrica de comida industrial capitalista, más conocida como McDonald's. La tarde se hace eterna y el calor agota nuestra comparsa cuando avanzamos por Via 20 Settembre y contemplamos San Carlo della Quattro Fontane, obra maestra del barroco de Borromini. Un poco más avanzada, Sant'Andrea al Quirinale del genial Bernini nos deleita con su pórtico curvo y su plan elíptico. Todo hace esperar que retrocedamos para, esta vez sí, encontrar por fin abierta al público la capilla de Santa Maria della Vittoria, donde aguarda una de los máximos exponentes de la escultura barroca: el "Éxtasis de Santa Teresa". Realmente, me muestro sorprendido al tenerla por fin ante mis ojos, así que me detengo a contemplarla con severa solemnidad. Los flashes se disparan por doquier. Laura guarda curiosidad por esto y aquello, mas a mí me embarga el éxtasis del Arte. Al cambiar de posición, la luz resplandece a través del ventanal colocado por encima de la pieza maestra de Bernini. Cumplido mi deseo, emprendemos de nuevo la marcha hasta dar en Piazza del Quirinale, allí donde en lontananza contemplamos bajo el sol del atardecer la cúpula de la basílica de San Pedro. Botella de agua y callejero en mano, proseguimos hasta la última visita programada, que no la última del día. El calor se hace menos sofocante, pero los turistas se van congregando a cada paso que damos. Laura imaginaba una Fontana di Trevi de postal, como aquella que inspiró a toda una generación de amantes a la vieja usanza de la dolce vita, o la que unió en los umbrales de la muerte a Elsa y Fred. Nada más paradójico. La escena que contemplamos es de verdadero pavor. Una jauría de turistas siembra cada rincón de la plaza alrededor de la famosa fuente. El agobio es tal que la temperatura se dispara. No nos da tiempo ni a disfrutar de aquella maravilla, cuando ya tenemos a más de un vendedor oriental encima, los cuales se ofrecen a disparar su polaroid a cambio de un precio "engaña-turistas". Una hilera de pies se mojan en la fuente. Las localidades están llenas y Laura obvia la tradicional foto. En cambio, poso yo para ella con la fuente de fondo. En cuanto podemos abrirnos paso, nos largamos de allí. Ya en los alrededores adivino que de moverse por cada monumento en Roma implicaría que nos unieramos a la masa uniforme de gente en shorts, con gorro, gafas de sol y con una cámara fotográfica en una mano y el callejero en la otra. Esta era la tan denostada "Europa en decadencia" de la que hablaba Ortega y Gasset, hombres-masa de vida estándar, de objetivos estándar... una humanidad que busca lo que hoy más prima y es incapaz de ver más allá de lo que ella llama "lo normal". Cada monumento de Roma es un prostíbulo al que acude gente de toda clase y condición. La gloria de antaño poco tiene que ver con las ruinas esparcidas que hoy acogen a mareas de personas deseosas por compararse con emperadores y filósofos de mármol. Laura y yo somos, del mismo modo, partícipes de esta degradación continuada de lo que supone Patrimonio de la Humanidad. No pido que se detengan las visitas, tan sólo conocimiento de lo que se ve y, por supuesto, orden y respeto por algo que está muy por encima de nuestra eterna cháchara.


Éxtasis de Santa Teresa y yo agonizando en la Fontana di Trevi

Siguiendo a la masa, pasando por levantar la vista para dimensionar la columna de Marco Aurelio (copia de la de Trajano), acabamos postrados ante el Monumento a Victor Manuel II en Piazza Venezia, algo espectacular. Poco perspicaces, desconocemos que el edificio que se levanta a nuestra derecha (cubierto por un toldo) es aquel desde el que Mussolini arengaba a las ordas fascistas. En Chiesa del Gesú, el Triunfo del Nombre de Jesús de Giovanni Battista nos deja absortos. Bastante fatigados por la caminata pero ilusionados, marchamos hasta el Campidoglio, inusualmente tranquilo. Allí, flanqueados por las dos alas del Museo Capitolino, admiramos una copia de la estatua ecuestre de Marco Aurelio presidiendo la plaza. A parte de esta, obtenemos unas magníficas vistas de los Foros Romanos y un ápice de agua que nos refresca por completo. Se aproximan las 20 horas y 30 minutos, y yo tenía previsto acudir junto con Laura al Scholars Lounge, un pub irlandés, para presenciar la final de la copa del mundo España-Holanda. En el momento en que abrimos la puerta comprendemos que allí no cabe un alma. Tan deprisa como podemos, nos decidimos a enfilar hacia la zona donde nos alojamos, pues ya había visto que la pasión que despertaba la selección española entre romanos y turistas (sobre todo japos) se encontraba en cualquier punto de Roma. Llegados a disfrutar parte del primer tiempo, el bar en el que nos encontrábamos "relucía" por su penumbra y por la variedad de sus paisanos, entre ellos holandeses. Al finalizar la primera parte, agotados y empapados en sudor, compramos un par de cachos de pizza en el turco (gran dependiente al que conocí) que está a dos pasos de nuestra pensión y nos los cenamos en la habitación. Mientras degustamos aquella masa con jamón y queso, Iniesta sorprende con un gol que a los tulipanes les sienta como un jarro de agua fría. La copa ya era nuestra. Cuando Casillas levanta el tan ansiado trofeo y un país grita de júbilo, Laura y yo sucumbimos ante el colchón. Mañana nos aguarda un día largo.


Monumento a Victor Manuel II y Laura y yo en Chiesa del Gesú