martes, 14 de enero de 2014

Bienestar de doble filo

A catorce años del comienzo del nuevo milenio, cabe preguntarse si las consecuencias económicas derivadas de los despropósitos de ciertos agentes económicos y políticos no estaban ya en la hoja de ruta de una historia pactada donde las víctimas desfilarían fascinadas por sus mismos verdugos.

Tras la Segunda Guerra Mundial y el triunfo de las tesis keynesianas, une vez encontrado que la Gran Depresión se produjo por la falta de mecanismos de intervención estatal en economía, el mundo occidental se apresuró a sentar los pilares del nuevo estado a través de la política monetaria y fiscal y un sistema de garantías sociales a sus ciudadanos, que se había puesto ya en práctica con Roosevelt en la Casa Blanca. El FMI y el BM, en principio, habían surgido como defensores del nuevo orden, el cual pasó muy pronto a estar en manos de la única economía nacional en expansión no dañada por la guerra. Los Estados Unidos, sin duda, alentaron el proceso de globalización convirtiéndose en los principales acreedores de Europa y el acicate necesario (que tenía un nombre, Dean Acheson) para la puesta a punto de la integración económica europea, en contra de posicionamientos autárquicos que, sin embargo, llevaron al despegue de países como Brasil, India o China. 

En 1971, lo que se creía garantizado por los acuerdos de Bretton Woods (1944), es decir, la convertibilidad dólar-oro, se vino abajo en forma de recesión económica y contracción comercial internacional. El paradigma económico de los años 80 representado por sendos gobiernos de Reagan y Thatcher en Estados Unidos y Reino Unido, respectivamente, restando la influencia de la escuela monetarista, significó la modificación del esquema de posguerra  a favor de la desregulación de sectores económicos considerados asuntos de Estado hasta la fecha y el proceso de acumulación de capital en multinacionales que acababan, paradójicamente, con la competencia a nivel local.

Desde los años 90, los presupuestos y actitudes de los estados nacionales ante el avance progresivo de un capitalismo global que modifica continuamente las reglas del juego y hace que las líneas del derecho se confundan vienen siendo las de un tratamiento a corto plazo que, con todo, claudica ante los malos usos del capitalismo y se beneficia de ellos a largo plazo. El Estado del Bienestar dio a Europa las mejores garantías para que el obrero dejara de vivir en condiciones (tan) míseras como las de épocas pretéritas y tuviera incluso la posibilidad  de hacerse un hueco entre la nueva sociedad opulenta de la que Marx hablaba, en la que el obrero ya no es un ser social, pero es igual de mísero. Si la innovación tecnológica de los últimos años trajo consigo la decadencia de los sectores primario y secundario, sustituidos por la importación a favor de los nuevos países productores y de los servicios, de acuerdo al nuevo valor que respalda la riqueza de las naciones, es decir, la información, del mismo modo ha automatizado prácticamente la vida de los países desarrollados a favor precisamente de un modus vivendi simplista y estándar que ha olvidado las viejas luchas y da por descontado el triunfo del bienestar social frente a un capitalismo que no entiende el principio de soberanía.

El Estado del Bienestar tiene sentido como balanza de esos desequilibrios creados a nivel nacional por el capitalismo global y como garantía del mínimo social admitido. Esto lleva a preguntarse, del mismo modo, si acaso no son los gestores de tal modelo de bienestar social, en connivencia directa con el paradigma económico actual, los que alientan inconscientemente la pasividad de una parte de la ciudadanía ante problemas que exigen una postura crítica y contestataria pero que, por otra parte, no logra transgredir planteamientos que tiene como universales y de pleno derecho, confía ciegamente en el sistema de cobertura y no puede ver que sus gobiernos, promotores de tal estado de cosas, perpetúan su poder a base de crear una igualdad ficticia que, en la práctica, no conduce ni a la felicidad ni a la realización personal del individuo, sino que favorece a unos pocos. 

viernes, 13 de septiembre de 2013

Sobre la educación

Creo yo que toda aportación al debate de la educación en nuestro país crea riqueza intelectual siempre y cuando se haga de manera constructiva y se integre en un sentido de finalidad común. Pues bien, la disertación de éste que escribe puede suponer todo y nada al mismo tiempo; puede mover a posicionarse o dejar totalmente indiferente al lector; y eso precisamente es lo que pretendo, pues absolutamente nadie es igual a otro excepto en la teoría del derecho, de manera que cualquiera puede recurrir mi manifiesto con tal de que haga honor al sano ejercicio de la discusión.

Mi visión de la educación se basa en mi experiencia como alumno. A lo largo de dos décadas aproximadamente he podido comprobar las dos caras de una institución con serios prejuicios por la universalidad del ser humano en cuanto ente libre y creador. Y lo dice una persona que vio sacrificados tres cursos a la holgazanería y la destrucción intelectual, pero que ahora puede señalar con el dedo a los que se les suponía una vocación para educar e instruir al mismo tiempo. La gran responsabilidad de formar a toda una generación pasó de puntillas entre unos trabajadores públicos que sólo alcanzaban a reproducir modelos escolásticos y a organizar verdaderas terapias de grupo en las que se dejaban confesar por sus alumnos. Ni un atisbo de autoridad creadora, necesaria en todo docente, se hizo sentir en los peores casos que logro recordar. Es más, la indiferencia hacia el educando se hacía norma en cuanto la desafección de este último, por mínima que fuese, se mostraba por primera vez. ¿Por qué tanto en la educación primaria como en la secundaria se nos formaba como si fuéramos un cuerpo homogéneo? Claro que siempre hubo algún tipo de división social entre "listos" y "burros", "aplicados" y "vagos", etc.; pero ni siquiera a los mejor preparados se les estimulaba para alcanzar un fin mayor al que se aspiraba en un aula: una conciencia crítica. No había lecciones heredadas, sólo fragmentos de información concienzudamente deshumanizadas (desapasionadas) con el fin de moldear ciudadanos tontos. 

El cáncer de este tipo de educación no proviene obviamente, de su agente reproductor, es decir, del docente, sino del contexto histórico-geográfico que determina una experiencia de educación basada en un provincialismo adaptado a condiciones globales. Los sucesivos gobiernos de este país, incapaces de llegar a un acuerdo histórico, tienen el mayor grado de culpa del estado de la educación en España. Las autonomías, meras reproducciones de las malas prácticas centralistas, otro tanto. Su modelo de educación de masas es capaz de reunir a una treintena de estudiantes en un aula y depositar la responsabilidad de su formación en un solo profesor que, naturalmente, no cumplirá con sus obligaciones tan eficazmente como lo haría con quince alumnos menos. Además de una división por departamentos, es necesaria una división creativa entre los alumnos, de forma que desde edad temprana se faculte al educando, individuo en busca de la universalidad, de las capacidades y aptitudes propias de su ser y asociar éstas a las más generales, en cuyo caso la colectividad se hace necesaria.

Para que esto se lleve a cabo huelga una declaración de intenciones tras otra. Como ya dije, el contexto histórico-geográfico determina las condiciones en las que la educación trata de adaptarse. Si falla el paradigma, es necesario recrear el ordenamiento jurídico y replantear un modelo educativo heredero de la Ilustración. La sociedad debe impregnarse de una conciencia que anteponga la educación a las luchas partidistas a través de una nueva actitud que supere la apatía y la pasividad que ha caracterizado a España en estos menesteres. 

miércoles, 17 de julio de 2013

La comuna de Roma entre 1143 y 1398 (1ª parte)

Planta de Roma de fray Paolino da Venezia (1323). Biblioteca Vaticana, Vat. Lat. 1960, fol. 270v
Hace tiempo que la Roma de época medieval dejó de ser analizada de manera exenta y marginal para incorporarse progresivamente en los estudios históricos pormenorizados sobre las ciudades medievales del centro-norte de Italia y, a pesar de ello, la imagen más generalizada de la Roma medieval tras la crisis del Imperio antiguo, con base en el Renacimiento y sobre todo en la tradición decimonónica, es la de una ciudad decadente dominada de manera progresiva por el papado.

Al margen del debate historiográfico sobre ruptura o continuidad en la Alta Edad Media, no cabe duda de que, a la luz de las diversas investigaciones, la ciudad eterna se tiene ganado un puesto junto a las ciudades medievales mediterráneas cuyo despegue urbano data del siglo XI. Gran parte del paisaje romano, sin embargo, se halla ruralizado como bien atestigua el hecho de que el antiguo Foro sea en época medieval un pastizal. Roma, al igual que otras ciudades del centro-norte italiano, también sufre por estas fechas un proceso de transformación política que lleva a la ciudadanía representada en gran medida por la nobleza a rebelarse contra sus reyes y señores eclesiásticos para participar del gobierno de sus territorios de manera autónoma y organizada, pero sin cuestionar el orden de cosas establecido, que podríamos atrevernos a denominar "orden feudal". El siglo XI es precisamente el período en el que documentamos por vez primera la aparición de las comunas de ámbito italiano (Pisa, 1081-1085; Asti, 1095; Milán, 1097; Arezzo, 1098; Génova, 1099), las cuales, por otra parte, son producto de un proceso mucho más largo en el tiempo.

El origen de la comuna de Roma, tardío por otra parte con respecto a las ciudades citadas, habría que buscarlo tanto en la presencia de “laici potenti” en los tribunales públicos del siglo XI, cuyos descendientes habrían ocupado puestos clave en la administración de la comuna romana, como en la aparición simultánea de cortes de justicia especializadas en la resolución de litigios profesionales. Por otra parte, la concesión de un privilegio comercial  al monasterio de Montecasino en 1127 por parte de un grupo de ciudadanos representantes del pueblo romano nos hace pensar en la capacidad de iniciativa habida ya con anterioridad al acto fundacional de la comuna en 1143. Para entonces, el pueblo de Roma, contrariado por la decisión del papa Inocencio II (1130-1143) que les prohibía derribar los muros de la derrotada ciudad de Tivoli, se rebeló contra su señor y procedió a renovar el antiguo Senado sobre la colina capitolina. Sin duda, la acción en sí misma constituyó un acto cargado de simbolismo, pero habría que señalar, no obstante, que dicha renovatio Senatus no modificaba ningún órgano preexistente, pues ni tenía que ver con el Senado de tradición antigua ni tampoco supuso un hito si atendemos al panorama político del norte de Italia por aquellas fechas, lo que convierte a Roma (he aquí lo importante) en una ciudad inmersa en un proceso generalizado de "constituciones comunales", a pesar de estar enclavada en pleno Patrimonio de San Pedro.

Definitivamente, la presencia pontificia asfixió cada iniciativa comunal, pero al mismo tiempo provocó un estímulo surgido de las mismas vicisitudes de la lucha entre los dos poderes. La comuna, por tanto, no se sometió al papado y ni siquiera en los momentos más favorables al poder pontificio, cuando los senadores estaban relacionados con la curia, se logró el abandono de los intereses y reivindicaciones comunales, lo que no quiere decir que no fuera presa del papa en ciertos momentos, como bien podemos comprobar en el acuerdo de paz de 1188 con Clemente III (1187-1191) por el cual la comuna, a pesar de ser reconocida oficialmente, se sometía al vasallaje de aquél y, por tanto, la autonomía plena dejaba de ser real. Prueba de ello está en la contundente modificación de la configuración del Senado en 1191, que pasó de estar comprendido por 56 miembros a depositar su titularidad en una sola persona: Giovanni Carushomo (1191), Giovanni Capocci (1195). Posteriormente, en 1238, la titularidad única del Senado pasó a estar ejercida de manera colegiada hasta 1358 por dos exponentes de los grupos de poder enfrentados, es decir, de familias nobles locales cuyo posicionamiento a favor del papa o del emperador dividía la vida política de la comuna. Así pues, la aparición del senador único, que coincidía en el tiempo con un proceso paralelo de implantación de podestà (magistrados forasteros con poderes extraordinarios) en el centro-norte de la península, responde a las circunstancias de las tensas relaciones entre comuna y papado y su colegialidad es fruto de los enfrentamientos entre facciones de la época.

Por otra parte, las relaciones entre Capitolio y emperador, sobre todo a partir del reinado de Federico II (1220-1250) siguieron la misma dinámica que aquéllas mantenidas con San Juan de Letrán, es decir, se movían entre el interés y el oportunismo. En cierto modo, la comuna de Roma actuó como un poder intermedio, pero activo, en los constantes enfrentamientos entre papado e Imperio. Fue de hecho la hostilidad entre el Stupor Mundi Federico y Gregorio IX (1227-1241) lo que permitió a la comuna continuar provisionalmente con su política de expansión territorial, la cual pasaba por hacerse con Tuscolo (1233), el otrora ducado de Tuscia y la provincia de Campagna e Marittima, sin mencionar el rencor que albergó contra Tivoli a lo largo de toda su historia. Sin duda, el ámbito territorial en el cual la comuna ejercía su jurisdicción, a pesar de la opacidad de esta cuestión, fue tema capital para la supervivencia del ente ciudadano sobre todo en 1234, cuando encabezada por el senador Luca Savelli se rebeló contra el papa con el fin de anular la paz de 1188, vista la pérdida de autonomía, y reivindicar atribuciones como la libre elección del Senado, la acuñación de moneda o el derecho a percibir el cobro de gabelas que finalmente vio reconocidas a pesar de sufrir pérdidas territoriales considerables tras la firma de la paz. 

Una vez asumida la colegialidad del cargo de senador único a partir de 1238, el poder comunal evolucionó de manera bicéfala de acuerdo a las circunstancias que el clima político imponía, aunque su orientación, en gran parte, miró por los intereses papales y dio de lado a Federico II. Con ocasión de la muerte del pontífice Inocencio IV (1243-1254), la comuna romana, víctima de los enfrentamientos de un pequeño y selecto grupo de familias nobles, denominadas baronali, tuvo que buscar soluciones más allá de sus murallas, como ya habían hecho algunas ciudades del norte a través del llamamiento de magistrados forasteros cuyos poderes extraordinarios hacían de éstos verdaderos dictadores. Procedente de Bolonia, el magistrado Brancaleone degli Andalò se convertiría en el primer senador forastero a cargo del gobierno comunal de Roma e iniciaría la denominada fase popular de la comuna (1252-1347).

martes, 10 de julio de 2012

Antonio Gramsci y la formación de los intelectuales

Ya hace un curso académico que quería dedicar un breve post a la divagación en torno a una parcela del pensamiento del filósofo marxista Antonio Gramsci (1891-1937): La formación de los intelectuales, título homónimo de una de sus obras más reflexivas. En una de sus pláticas, Gramsci pretende responder a la cuestión de si son los intelectuales un grupo social autónomo e independiente o si todos los grupos sociales tienen sus propias categorías de intelectuales especializados. Si por formación debemos entender proceso histórico, la principal cuestión gramsciana resulta determinante para asimilar un método que hace diferencia entre intelectuales orgánicos y tradicionales y, de forma un tanto paralela, entre urbanos y rurales.

En su aspecto inicial, el teórico italiano parte de una conceptualización que tiene al intelectual por ese ser independiente que se representa a sí mismo; que cree que son sus ideas las que construyen la realidad, y no al revés. En este punto, Gramsci se hace eco de la imagen del intelectual ensimismado que se supone parte de una élite, o lo que es lo mismo, el intelectual como excluido y excluyente. A esta idea el filósofo contrapone el ideal (que no la idea, a mi parecer) de que todo hombre es intelectual per se. Incluso se aventura a constatar una actividad intelectual, fruto de la formación técnica y la actividad industrial, en la clase obrera, los nuevos intelectuales. Encuentro aquí, si cabe, cierto atisbo medievalizante con la intención de sonar innovador: frente a la vida contemplativa más clasicista, intrínseca a la imagen del filósofo tradicional, Gramsci hace un canto de alabanza, como los primitivos cristianos, al dignificante trabajo manual. Sin embargo, el italiano se ocupa de dotar al hombre nuevo (una fuerza innovadora que es por antonomasia represiva con sus adversarios y expansiva) de un barniz que no es totalmente radical en sus planteamientos, sino que lanza al nuevo intelectual (obrero, se entiende) a ir de lo particular a lo general, o dicho de otro modo, a alcanzar la concepción humanística-histórica "sin la cual se es especialista pero no se es dirigente (especialista + político)".

Los intelectuales tienen graduaciones funcionales (cualitativas, no jerárquicas). Son los empleados del grupo dominante cuyas tareas subalternas (hegemonía social y política) se efectúan tanto en el plano del consenso espontáneo (otorgado por la población) como en el del poder coercitivo estatal. Pero además de poseer grados y realizar tareas específicas, Gramsci plantea el problema de la diferenciación según la categoría, como ya anunciábamos: intelectuales orgánicos e intelectuales tradicionales. Así, el marxista entra de lleno en  el quid con un ejercicio de praxis. Se sitúa en el ángulo del Partido, al que tiene como ente creador de un tipo de intelectual orgánico muy concreto, y equipara el mecanismo de aquél en la sociedad civil a la función que realiza el Estado en la política. Lo que se pretende es fundir en uno a los intelectuales orgánicos del grupo dominante y a los tradicionales bajo la misión de preparar a sus componentes hasta convertirlos en dirigentes y organizadores. De ahí que, pese a la graduación entre intelectuales, todos deban dirigir, organizar y educar en y para el Partido, es decir, cumplir la función intelectual dejando de lado momentáneamente su especialización y que sean agentes de actividades generales de carácter nacional e internacional.

La respuesta a si son los intelectuales un grupo independiente o fruto de un grupo social específico se genera en la corriente gramsciana como un intento de conciliar ambas realidades, de las que el filósofo naturalmente se inclina por la segunda, para ponerlas al servicio del Partido, en el que una teórica igualdad debe superar las graduaciones no obstante latentes.

lunes, 26 de marzo de 2012

El proceso de construcción europea: una valoración

A partir de 1990, una Alemania europea fue posible. Pero, ¿lo fue a costa de erigirse en motor de la Unión de Maastricht y de convertir Europa en una Magna Alemania? Se han venido planteando serias dudas sobre las premisas bajo las que la Unión Europea de Maastricht y, por ende, la Unión Económica y Monetaria se fueron estructurando. La pregunta sobre si puede existir la UEM sin unión política y fiscal[1] o es ésta una condición previa para el éxito de aquélla se antoja cuanto menos una disyuntiva entre la Europa de las Naciones y la Europa Federal.

Finalizada la Guerra Fría, la “aceleración histórica” precipitó la hipotética construcción de una Unión Federal Europea[2]. A la par que Alemania se reunificaba, así cumplía Europa su otrora aspiración, que no era otra que la de unirse bajo el techo, a largo plazo, de una misma moneda, de un consenso que condujera a una sola voz exterior y el de la cooperación en asuntos judiciales y de interior. En esencia, Maastricht representaba el debate aún inconcluso sobre la construcción europea, presente desde los años sesenta del siglo XX, entre los partidarios de una Europa intergubernamental y los que buscaban la federación europea. Pero, ¿convertía el TUE a la Unión en una realidad política y jurídica o sólo en un objetivo? El principio de subsidiariedad, propio del derecho comunitario, resulta esencial si hemos de entender precisamente que el objeto de su existencia era responder a las preocupaciones acerca de la excesiva regulación e interferencia de la burocracia de la Unión desde Bruselas. Una federación europea, a pesar de ser un fin en sí mismo, era y sigue siendo papel mojado, sobre todo para Gran Bretaña y Francia.

Los reunidos en Maastricht también eran conscientes de que debían afrontar la ampliación al Este[3]. De hecho, la otra gran dicotomía en el seno de la Unión estaba en los procesos de ampliación y profundización. Según planteamientos de relaciones exteriores, el primer mecanismo favorecía a los estados competidores, los cuales veían en la ampliación de Europa una forma de obstaculizar la unión política y económica. La profundización, por su parte, presentaba a la Unión la tarea de lograr que los antiguos países del bloque soviético adaptaran un modelo de democracia típicamente occidental y una economía de mercado. Así es como ciertas voces europeas reticentes a la ampliación, como Dinamarca o Gran Bretaña en su momento, han llevado a que, una tras otra, Europa replantee la cuestión de las “dos velocidades”, sobre todo, en momentos de coyuntura económica como la que hoy vivimos. Esto, sin duda, configura un elemento disgregador dentro de las economías generalmente más frágiles y, ante todo, afianza el descontento de un gran sector que ve en las directrices económicas de Bruselas, no sólo a un ente supranacional, sino a un conjunto de naciones, principalmente Francia y Alemania, que ven como determinantes[4].

Si el Tratado de Amsterdam, pese a ahondar en la democratización, y el de Niza representaron la puesta a prueba del acervo comunitario ante los ajustes realizados, a fin de adaptar las economías nacionales, y, del mismo modo, revelaron la incapacidad de una reforma institucional que permitiera dar paso a la ampliación, todo ello puso en peligro la solidaridad en Europa. La intentona constitucional y el Tratado de Lisboa seguirían la suerte de los anteriores acuerdos. No obstante, Lisboa supera a Niza y avanza en la reforma institucional, pero, sobre todo, relega de nuevo la unión política a un segundo plano, favoreciendo en su lugar el gobierno intergubernamental.

Hoy, Europa mira a Alemania a los ojos, pues ve en el país germánico al único capaz de liderar este Viejo Continente ante la tormenta en forma de crisis de deuda. El problema es que, aunque no quiere desempeñar ese papel, su situación equilibrada la hace modelo de todos. Podría decirse incluso que el Banco Central Europeo es un Bundesbank independiente bajo “supervisión” alemana con el cual cuentan todos los países europeos en situación deficitaria, como si del salvador de última instancia se tratara. Esto es lo que hace que Angela Merkel presente sus reservas, sea considerada una madrastra severa y, a pesar de todo, sea elemento amalgamador de la Unión junto con Francia[5]. Ha apostado decididamente por el pacto fiscal encontrándose con las reticencias de una parte de la socialdemocracia europea y, no obstante, su discurso europeísta sigue refiriéndose al modelo social europeo en términos que dicen garantizar el Estado del Bienestar mientras que, en el terreno práctico, empuja a los países a adoptar políticas de austeridad en el gasto público.

Como diría Ortega,

¿Es tan cierto como se dice que Europa esté en decadencia y resigne el mando, abdique? ¿No será esta aparente decadencia la crisis bienhechora que permita a Europa ser literalmente Europa? La evidente decadencia de las naciones europeas, ¿no era a priori necesaria si algún día habían de ser posible los Estados Unidos de Europa, la pluralidad europea sustituida por su formal unidad.

Y yo me pregunto: ¿alguna vez Europa he dejado de ser decadente?

[1] El TUE dedicaba la mayor parte de su articulado a la UEM, desde el art. 85 hasta el 130 Y. Correspondían estos al ordenamiento del sistema económico y social, que en el posterior Tratado de Lisboa se dice expresamente que corresponde a la llamada "Economía Social de Mercado", que se inspiraba en el modelo alemán y que, por razones tácticas, no pareció oportuno mencionarlo en Maastricht. En el art. 104 C y en el protocolo 5 del TUE se estableció también el principio de la Estabilidad Presupuestaria, que es uno de los temas que se tratan de reformar en el nuevo Tratado de Estabilidad, coordinación y gobernanza en la Unión Económica y Monetaria, aprobado el 30 de enero del presente año, que para muchos se reduce a un Pacto Fiscal (Recio, E. M. (22/03/2012): “Otro paso adelante hacia la unión política europea” en CincoDías.com, http://www.cincodias.com/articulo/opinion/paso-adelante-union-politica-europea/20120322cdscdiopi_6/ [Consulta 22/3/2012]).

[2] Budge, I. et al. (2001): “¿Hacia una Unión más perfecta?” en La Política de la nueva Europa: del Atlántico a los Urales, Madrid, Akal, pag. 80.

[3] Actualmente, son países candidatos Croacia, Antigua República Yugoslava de Macedonia, Islandia, Montenegro, Serbia y Turquía (Unión Europea: “Estados miembros” en Países [HTML en línea], http://europa.eu/about-eu/countries/index_es.htm [Consulta 22/3/2012]).

[4] Un ejemplo: "Los Estados miembros sometidos a la presión de los mercados deberían cumplir los objetivos presupuestarios acordados y permanecer dispuestos a aplicar otras medidas de consolidación en caso necesario", afirman las conclusiones aprobadas por el Consejo Europeo de forma unánime” (lavanguardia.com (2/3/2012): “La UE dice que los mercados castigarán a España si incumple el déficit” en Economía [HTML en línea], http://www.lavanguardia.com/economia/20120302/54263218100/ue-mercados-castigaran-espana-incumple-deficit.html, [Consulta 22/3/2012]).

[5] Un ejemplo: Gómez, J. (18/11/2011): Merkel: "La solución es política" en El País [HTML en línea], http://elpais.com/diario/2011/11/18/economia/1321570803_850215.html, [Consulta 22/3/2012]).

domingo, 18 de diciembre de 2011

2011: ¿El año de los disturbios?


Es ésta una ocasión en la que, alterando relativamente el discurso habitual, quiero resarcirme de las limitaciones que me impone la metodología para hablar sin ataduras. Bien es cierto que me siento más seguro tratando las cosas desde la opinión vertida en diversas publicaciones, mas ahora aflora el "sentimiento razonado" que poco entiende de academicismos.

Vengo buscando a lo largo de estos últimos tres años un aglutinante para mi óleo historicista (ya es hora de que me plantee el trabajo de fin de carrera) y puede que mis observaciones al respecto no pasen de dos o tres campos muy interesantes pero asimismo muy esquivos. Todo lo dejo en manos del tiempo. Y, cómo no, resulta ser esta Vetusta ourensana la que me desvele en medio de la noche y me obligue a ver todo desde el letargo impuesto por sus muros de aire. Incluso a Europa la veo a través de ese prisma. ¿Mermada capacidad de análisis? Podría ser. Pero incluso Internet, junto con la televisión, la radio y la prensa semejan ser ya recursos abstractos que confunden más que aclaran. De otro modo, las redes humanas siguen siendo las más fiables en esto de la síntesis, conque lo importante no es fiarse del New York Times, el Daily Telegraph o El País, sino de los pareceres de personas tan adecuadas para un informativo como un economista para las tareas de gobierno.

Y es que a este paso, todos analistas económicos. Sí, sí, como lo oyen. Ya pueden bramar los contertulios habituados a la charlatanería en clave y empezar a tener en cuenta el buen criterio de sus consumidores. Después de todo, el contexto así lo facilita. La crisis nos ha brindado oportunidades más que quitado. Nos ha ofrecido más tiempo libre, ha fomentado el turismo laboral e incluso nos ha empujado a informarnos sobre temas tan asumidos como la macroeconomía o la dicotomía Keynes-Hayek. Se nos ha abierto un mundo de posibilidades. De modo que váyanse olvidando esos fantoches que pueblan la parrilla y dan charlas instructivas a sabiendas de que el camarero les puede en un rifi rafe de índice de precios.

Pero volvamos a Europa. ¿Funciona realmente? ¿Podría el BCE asumir la deuda de todos los países de la Unión? ¿La solución pasa por los eurobonos? Yo no sé si la Europa de las dos velocidades es agua pasada, pero me parece que lo mismo da ir en primera o en cuarta si el combustible que mueve el motor no es el apropiado. No hemos llegado hasta aquí para ver el proyecto europeo tirado por la borda por culpa de neoliberales ochenteros y una izquierda europea que no acaba por renovarse.
Merkel teme en gran medida que los 17 puedan emitir deuda conjunta. ¿Entenderá la quitas de deuda como una pérdida de su soberanía? Entendamos nosotros que permitir una Europa alemana, a la par que francesa, constituiría claudicar ante un movimiento economicista que se erige como principal determinante de la vida política europea. La austeridad de los tiempos por la que claman algunos no es la solución. El crédito fluye, pero ¿a dónde se dirige?
Y ya que finalmente los españoles nos hemos visto obligados a modificar nuestra constitución con más pena que gloria, ¿por qué no decir que el gobierno entrante es algo totalmente impuesto a las circunstancias? Si Joaquín Costa llegó a anunciar la llegada de un cirujano de hierro llamado Miguel Primo de Rivera, ¿será Rajoy el cirujano de la Merkel o, a la postre, la tecnocracia una nueva forma de entender Europa?

2011 no sólo ha sido el año de la inflexión tanto en España como en Europa. El mundo musulmán, por otro lado, está viviendo su primavera del jazmín sin saber aún cómo se presenta el invierno. La democracia que abogan por extender los países occidentales en esos países, no es sino una palabra que se contradice a sí misma y sirve únicamente para que la Atenas de hoy se llene la boca con ella.
Fruto no menos importante de esos focos revolucionarios es el 15-M, el cual, en buena parte, ha sabido recoger su modus operandi y adaptarlo a un contexto occidental. Su gran logro estriba en la emoción de las ideas y su capacidad de reflexión. Está consiguiendo que replanteemos ciertos mecanismos dispuestos en las leyes, que miremos de otra forma a nuestras instituciones y, sobre todo, que reparemos en el hecho, asimilado pero ahora más que nunca denunciado, de la fragilidad del aparato político, aquejado de corruptelas y clientelismos.

Y mientras os digo todo esto, estamos finiquitando un año que ha visto tanto el fin de la intervención estadounidense en Irak, como el último suspiro del segundo sátrapa norcoreano. Ha dejado una España que se mueve en la convulsión europea como agente pasivo ante la debacle de otras soberanías y, aún por encima, debe contemplar como un ya ex-miembro de la familia real borbónica le roba descaradamente. En conclusión, si por algo se puede haber caracterizado 2011 es por los disturbios a los que ha asistido en todos los ámbitos, desde el bandolerismo de Londres a la crisis de deuda soberana; desde la tragedia de Fukushima, pasando por el brote revolucionario a esta y otra orilla del Atlántico, a la crisis alimentaria en el Cuerno de África.

Mantengamos el principio esperanza.

viernes, 23 de septiembre de 2011

LA ATLÁNTIDA EN DOÑANA: TARTESOS Y LOS MITOS DE LA HISTORIA

(Hago pública esta primera entrada en torno al primer seminario de Prehistoria de la Península Ibérica celebrado a 22/9/2011 ya que encuentro que el tema a tratar es, bajo mi humilde perspectiva, muy interesante. Mi aportación se reduce a las reflexiones primeras y a las conclusiones finales)

Con cierta sensación de vulnerabilidad ante la madeja de conceptos prehistóricos que se me viene encima, puedo respirar aliviado al comprobar que las actividades introductorias a la protohistoria de la península ibérica me ponen al corriente de una historia general ya estudiada a través de sus particularidades. En el caso de éste, nuestro primer seminario de prehistoria peninsular, tratamos un tema mediatizado de candente actualidad en la comunidad científica y profana: la Atlántida en España. Si bien la metodología científica opta por no aventurarse a hacer afirmaciones categóricas y se mantiene en la línea de investigación, por otra parte, los medios de comunicación rechazan de plano cualquier atisbo académico y ofertan una “historia”, entienden ellos, mucho más acorde con el público en general, esto es, que venda más, contribuyendo así, doblemente, a crear una visión poco rigurosa de la realidad y a la generalización de afirmaciones que engordan el particular universo de aficionados a las novelas de misterio.

Al hilo del video reproducido durante el seminario, perteneciente a una noticia que emitió TVE sobre la posible ubicación de la Atlántida bajo el coto de Doñana, viene a cuestionarse en nosotros la rigurosidad de los medios de comunicación a la hora de informar sobre posibles hallazgos de pretendidas civilizaciones que, presumiblemente, forman parte de la historia de España. Así, el tema deriva en Tartesos y los mitos de la historia, algo a lo que, lamentablemente, estamos muy acostumbrados los historiadores. Que se lo pregunten sino a los antiguos.

A lo largo del discurso se nos reparte el capítulo íntegro del libro La Antigüedad y sus mitos. Narrativas Históricas irreverentes editado por María Cruz Cardete, el cual lleva por título “La civilización tartésica: un mito con los pies de barro”, de Manuel Álvarez Martí-Aguilar. El capítulo en sí nos ilustra con la explicación de cómo ha ido evolucionando las especulaciones sobre Tartesos. Desde ese punto de vista, la Ora Maritima de Avieno, autor del siglo IV d. C., es considerada hoy la piedra angular de los buscadores de la mítica ciudad. Ya desde época moderna, los cronistas ponen gran interés en el tema de Tartesos y utilizan “los materiales de la tradición clásica con gran libertad” y suman éstos “a elementos directamente inventados” [CRUZ CARDETE, M. C. (dir.): p. 71]. Ello supone una clara, que no temprana, manipulación de la historia en beneficio de un programa político acorde a los intereses del momento en que la crónica se redacta. Así, Tartesos será contemplado como la primera monarquía española, objeto de codicia de fenicios, cartagineses y otras «naciones extranjeras», haciendo a sus reyes descendientes de Túbal, nieto de Noé y considerado por los contemporáneos el primer poblador de España. En el siglo XVI, Tartesos llega a ser asociada en las Historias de España con la misma Tarsis bíblica, ciudad que previamente creyó encontrar Cristóbal Colón en la Española.

Este tipo de «esencialismo» ha sido intrínseco a la elaboración de una historia de España, ligada, sobre todo a partir del siglo XVIII y XIX, al sentimiento patriótico que, a marchas forzadas, busca en el pasado una justificación del presente. Un claro ejemplo de manipulación histórica es la obra de Schulten, Tartessos (1924), un fascinante relato que canta las glorias de una civilización fundada a orillas del Guadalquivir en torno al 1200 a. C. por un pueblo heleno proveniente de Creta que dio lugar a un reino floreciente… pero del que no quedó ni rastro. Para Schulten hay una explicación: los púnicos de Cartago habrían atacado y tomado Tartesos para hacerse con su dominio y arrasarla hacia el año 500 a. C. No menos conmovedor es su afán por igualarse al internacional Schliemann mediante la búsqueda de la ciudad perdida, cual Troya idílica se tratase. Puestos a defenderlo, podríamos alegar que el público de la época de entreguerras buscaba evasión antes que leer en el impredecible presente. Schulten utiliza la Ora Maritima de Avieno, ya mencionada, como si de un mapa del tesoro se tratase. Así pues decide que la ciudad de Tartesos está enterrada bajo las dunas del Coto de Doñana, pero en su lugar encuentra un poblado romano de pescadores del siglo III d. C. El buscador de mitos no se da por vencido y atribuye el anillo que acaba de encontrar a un príncipe tartésico. ¡Voilà! Lo lamentable del asunto es que hoy en día se le sigue reconociendo el mérito de haber sacado a la luz la existencia de la civilización tartésica, cuando en realidad la cubrió aún más de oscuridad.

El auge de los estudios sobre Tartesos se inicia en España tras la Guerra Civil y no por casualidad (…). Los aparatos propagandísticos del franquismo comienzan a elaborar y difundir un modelo de Historia de España presidido por los valores del nuevo régimen: la unidad esencial de España, su vocación imperial, su catolicismo intrínseco y un furibundo anticomunismo. [CRUZ CARDETE, M. C. (dir.): p. 79].

Incluso entre los más prestigiosos profesionales universitarios se extiende la malinterpretación histórica que tiene a Tartesos como el «primer imperio español». En los años cincuenta del siglo pasado ya “se daba por cierto y probado que en Andalucía existió, desde finales del segundo milenio a. C. un poderoso reino indígena, el más famoso de cuyos monarcas fue el célebre Argantonio, con capital en una ciudad famosa en todo el Mediterráneo” conquistada “por los cartagineses que, tras destruir su capital, habrían cerrado el Estrecho de Gibraltar al comercio y al conocimiento de los demás pueblos del Mediterráneo.” [CRUZ CARDETE, M. C. (dir.): p. 81-82]. Está claro que queda en el aire una cuestión de suma gravedad: la arqueología.

1958 viene a ser el año del Cerro de El Carambolo, a las afueras de Sevilla; el supuesto primer hallazgo tartésico conocido. Quizá Juan de Mata Carriazo se apresuró demasiado a tomar su tesoro por tartésico, cuando parecería más bien un importante complejo templario fenicio, como así se descubrirá en los años noventa. Durante la década de los sesenta y setenta las excavaciones en la Andalucía occidental se disparan, al igual que la arqueología de los fenicios con el hallazgo, en 1962, de la necrópolis fenicia de Almuñécar. No obstante, la imagen que de Tartesos se tiene persiste, de modo que la arqueología de esos años se centra en intentar asentar las cronologías de la prehistoria del sur peninsular y en describir la cultura material que se va extrayendo en las excavaciones, principalmente, restos cerámicos.

El goteo de información llega a modificar el cuadro de sociedad tartésica dibujado por Schulten. Así, los fenicios habrían aportado a los tartesios toda una serie de avances culturales y de productos intercambiables que, merced al contacto con aquéllos, «aculturaron» a los últimos. En el momento de esplendor de Tartesos, en los siglos VII y VI a. C., los griegos también trabarían relaciones con los indígenas. Cartago, recelosa de esta relación y deseosa de mantener el monopolio del comercio de metales, “impidió a los griegos el acceso más allá del Estrecho y asumió un control de carácter imperialista sobre el mundo tartésico.” [CRUZ CARDETE, M. C. (dir.): p. 86].

Pese a todo, este relato histórico sigue estando basado en tópicos. El gran paso adelante se produce con Juan Maluquer y el «Congreso de Jerez», considerado como un hito en la historia de la investigación al brindar el protagonismo a la arqueología y no a los textos literarios. La etapa se cierra, a comienzos de los años ochenta, con el dictamen que dice que la cultura tartésica es una

cultura indígena del Bronce Final que, tras la llegada de los fenicios, experimentó un proceso de «orientalización» y que era identificable arqueológicamente a través de unos determinados tipos de cerámica característicos” [CRUZ CARDETE, M. C. (dir.): p. 87].

A finales de los setenta, una generación de jóvenes investigadores cuestiona ya el modelo histórico vigente sobre Tartesos, el enfoque difusionista y el concepto de «aculturación», basándose en los nuevos preceptos emanados de las universidades anglosajonas. Una síntesis del proceso histórico de Tartesos que en la actualidad cultiva más adeptos es la de que las comunidades del Bronce Final del valle del Guadalquivir y zona de Huelva presentaban una estructura social jerarquizada basada probablemente en un estatus de prestigio adquirido por virtudes guerreras o por rango de edad; que mantenían contacto con las colonias fenicias del sur peninsular, las cuales transformaron sus estructuras económicas, sociales y políticas, y fomentaron, con el comercio, las diferencias y desigualdades entre grupos sociales tartésicos. Un sector dirigente de las comunidades indígenas que más contacto tenía con los colonos fenicios sería el que habría adoptado formas de vida y elementos culturales de los colonos, mas no así la gran mayoría de la población, la cual no cambió sus formas tradicionales de vida, sus creencias religiosas o sus prácticas culturales. La economía tartésica se habría mantenido siempre en un nivel de producción doméstico.

El fin de Tartesos difiere mucho de la tesis que sostiene su destrucción por parte de los cartagineses. En cambio, se apunta a causas internas como el agotamiento de los filones argentíferos que sustentaban la minería de la plata o la propia dinámica social de las comunidades tartesias, cada vez más diferenciada socialmente.

Al margen del mito de Tartesos, hoy por fin desvelado, quedan aún barreras que superar e ideas que desmontar. Nuestro posicionamiento no debe trascender más allá de los renglones que, a fin de cuentas, sintetizan la historia entera de las comunidades humanas, mas como se ha visto, ésta parece ser la tarea más difícil de abordar. Como historiador en potencia, ¿es mi tarea la de buscar la verdad aún a riesgo de crear una mentira o la de tan sólo exponer los hechos habidos? Sabemos que una falsedad es capaz de cambiar el rumbo de la historia, ¿cómo sino el Papa Silvestre I obtuvo en el siglo VIII los Estados Pontificios? A través de la Donación de Constantino, demostrada falsa casi siete siglos después. Quizá hayamos dado con un caso circunstancial que, no obstante, no se basaba en un mito, sino directamente en una mentira, pero ¿qué ocurre con aquellos historiadores decimonónicos que, contagiados por el espíritu romántico, se dedicaron a interpretar la historia pasada para gloria de la nación y a tomar leyendas como ciertas? No tenemos que irnos muy lejos. El celtismo de Murguía y Vicetto se apropió de una tradición irlandesa que se adaptó como propia: el Libro de la Conquista de Irlanda, recogido de fuentes secundarias, sirvió para que la Galicia de los regionalismos se sintiera diferente de España, algo que Vicente Risco supo aprovechar en su Teoría do nacionalismo galego. Y qué decir de la historiografía nacionalista española: desde los “españoles” emperadores Trajano y Adriano hasta la España indómita de la Guerra de Independencia, pasando por la Reconquista y el descubrimiento de América, hechos interpretados como la forja de un Imperio católico. ¿Quién encontraría extraño que la España franquista se sustentara, sobre todo, en los mismos símbolos que una vez, hace más de cuatrocientos años, sirvieron para representar a Isabel y Fernando, esto es, el yugo y las flechas? Nadie se sorprendería, pues la enseñanza de la historia, al fin y al cabo, mediatiza de una manera o de otra según quién la cuente.

Creo que nadie debería tomar las lecciones de la historia como verdades inmutables, pues se corre el riesgo de omitir aspectos aún no descubiertos y, sobre todo, trasladar hechos del pasado al presente sin tener conciencia de las circunstancias que los hicieron únicos en sus respectivos contextos.